08 agosto 2008

La sonata del pianista

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Don Pedro llegaba al Círculo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria, sobre las seis de la tarde, bien trajeado, con el bastón en su mano derecha y con su periódico bajo el brazo. Se tomaba un café solo con leche condesada, “un bombón” como decían ahora mientras hojeaba el periódico. Leía de pasada los titulares del día y, al mismo tiempo, oía con atención lo que decían las gentes de la cafetería del Círculo. Unos hablaban de economía, otros de política y algunos, de más allá, comentaban el último resultado de la Unión Deportiva Las Palmas. Él seguía con verdadero entusiasmo las diatribas de alguno de los tertulianos de las mesas cercanas, como enfocan su discusión, como se apoyan en sus argumentos, a veces inverosímiles, a veces increíbles. Pero cuando se acercaba su hora, dejaba el periódico sobre la mesa y se dirigía al barman y le preguntaba:

- ¿Alguna petición para esta noche, Armando?

- Don Pedro, sabe que siempre hay peticiones para usted. Hoy tengo una especial.

- ¿Sí? Dígame, no me tenga en ascuas.

- Una señorita, estudiante del conservatorio, quiere que le toque una pieza. Espere que la tengo anotada por aquí. Aquí está, la Sonata K. 333 de Mozart.

- ¿Y dónde está esa señorita? Nunca me habían pedido nada clásico.

- Es aquella morena que está sentada justo en frente del piano - Dijo Armando señalando hacia la muchacha.

Don Pedro la miró durante unos instantes, esbozó una pequeña sonrisa y se dirigió al piano. A partir de ese momento, todo se transformaba, sus manos y su mente pasaban a tomar el mando del Mercantil, porque cuando Don Pedro tocaba, todo se detenía, las tertulias enmudecían bajo el influjo de las notas musicales que salían del aquel instrumento que por momentos maravillaba a los oyentes.

Se sentó frente al piano y comenzó a tocar el primer movimiento de la sonata. Sus manos parecían flotar por el teclado, y a medida que avanzaba con el Allegro, la cafetería comenzó a llenarse de gente, cada minuto que pasaba, las notas musicales fueron entrando por cada rincón del Mercantil hasta quedar totalmente abarrotada. Cuando terminó el primer movimiento, se paró un instante, miró hacia la chica y continuó con el andante Cantabile, abortando, con la primera nota, un conato de aplauso. La sencillez del segundo movimiento fue meciendo al público, creando una atmósfera jamás vista y sentida, transportando a cada uno de los presentes a una especie de éxtasis colectivo difícil de describir. Al terminar el segundo, hizo una ligera pausa y prosiguió con el tercero, el Allegretto Gracioso que devolvió a sus atentos oyentes al movimiento y la alegría que se desprendía de cada nota de la sonata. Cuando el veterano pianista terminó, el público empezó a aplaudir y a gritar bravos. Algunos aplaudían y miraban incrédulos, preguntándose que sí este era el Pedro que ellos conocían y que cada noche les amenizaba con bandas sonoras famosas, canciones de amor, rancheras, cumbias y los grandes éxitos de los años sesenta, setenta y ochenta.

Como si no fuera con él, siguió con las peticiones que tenía sobre el piano, al tiempo que los admirados oyentes fueron despejando la sala, quedándose los que agradecían tomarse una copa oyendo de fondo el dulce sonido de un piano.

Al terminar, se levantó y vio que aún seguía la chica sentada en el mismo sitio. Se dirigió hacia ella y le preguntó:

- ¿Te gustó?

- Jamás había escuchado a nadie interpretar con tanta perfección esa sonata como lo ha hecho usted, y le juro que he escuchado muchas interpretaciones.

- Bueno, la práctica hace mucho mi niña. ¿Y por qué te dio por pedirme esa sonata?

- Mi abuelo es socio del Mercantil y me dijo que cada noche tocaba aquí un famoso pianista y como yo estoy estudiando piano, me dijo que sería interesante y que aprendería algo. Esa sonata para mi es una de las mas bonitas que compuso Mozart, de las mas difíciles de interpretar y quería saber si era cierto lo que decía mi abuelo y creo que es verdad.

- ¿Cómo se llama tu abuelo?

- Marcelo Castellano, tiene más o menos su edad.

- ¿Marcelo Castellano? Pues no me suena el nombre de tu abuelo.

- Él también es músico, tocó muchos años el violín en no sé qué orquesta de Madrid, hasta que se retiró.

- Ahhh – Dijo sin interés.

- No le molesto más. ¿Puedo venir a verle otro día?

- Cuando quieras, pero no me pidas cosas raras, que el público se me subleva, y a mi edad no estoy para estos trotes.

- De acuerdo.

- Por cierto, ¿cómo te llamas?

- Noelia Castellano.

- Bien, encantado, ahora tengo que irme.

- Encantada y hasta pronto Don Pedro.

El pianista llegó a su casa después de un largo paseo desde el Mercantil al barrio de Vegueta que lo vio nacer hacía más setenta años. Los médicos le habían recomendado, después de su jubilación, que caminara mínimo media hora para mantener a raya la tensión y aquella indomable diabetes que de vez en cuando le daba algún que otro susto, cuando se le desbocaba como una bestia sin control y que alguna vez lo dejó al borde del abismo más oscuro.

Al poco de entrar en su casa, salió al balcón para disfrutar del silencio de la noche, mientras se tomaba una copita de vino tinto, contemplando como las sombras de la noche jugaban a esconderse de las nubes pasajeras y de la luna.

Después se sentó delante de su piano de media cola a tocar sus obras preferidas, generalmente clásicas y todas aquellas melodías famosas y bandas sonoras que había aprendido a lo largo de su larga vida. Mientras tocaba, no pudo dejar de pensar en los ojos de aquella joven muchacha que le recordaran a los ojos de su querida mujer y también aquel ímpetu que lo abordaba cuando oía las melodías de un piano. Aquella muchacha experimentaba lo que él sentía cuando se sentaba delante de un piano; ese sentimiento inexplicable que veía en sus ojos, que lo podía casi palpar con sus manos.

Recordó aquel día, con apenas cinco años, cuando su madre lo matriculó en clases particulares de piano, allá por 1943, con el viejo profesor Argelius Abaloni, un italiano de Módena, que recaló en Gran Canaria en 1895 recién cumplidos los veintidós, después de que un bergantín que iba hacia Argentina, fondease durante cuatro días para hacer la aguada y reponer productos frescos de la isla. En esos cuatro días, el joven profesor paseó por las tranquilas calles de aquella incipiente ciudad colonial, recorriendo sus recovecos empedrados, conociendo a sus nobles gentes y sobre todo, se enamoró de su divino clima, que en pleno febrero podía pasear en magas de camisa. Argelius visitó los distintos pueblos de Gran Canaria y quedó impregnado para siempre del aroma de aquella tierra y sin pensarlo mucho, dio las órdenes oportunas para que desembarcaran su piano de media cola, su escaso equipaje y con sus ahorros, se instaló en una pequeña casa solariega en la calle de Los Balcones del barrio de Vegueta. Con el tiempo y su buen hacer, se hizo con una buena clientela de pequeños y mayores alumnos de la clase media local que le proporcionó hacerse con un nombre en aquella encantadora ciudad.

El profesor Argelius, cuando vio entrar al pequeño Pedro en su clase, no pudo mas que esbozar una afectuosa sonrisa, ya que era el alumno de mas corta edad que había tenido en toda su larga trayectoria profesional, ni siquiera él había empezado tan temprano.

- Pero mujer, ¿no es todavía muy pequeñito para empezar con clases de piano? le preguntó con asombro.

- Sabía que me lo iba a preguntar, pero la respuesta es bien sencilla: en varias ocasiones y en distintos encuentros sociales y musicales, el pequeño Pedro, se queda anonadado oyendo las notas del piano, cuando él, es de por si muy travieso y no para quieto, y que con el piano, mire usted, se queda como ensimismado, por eso lo he traído, creo que le va a gustar. Haga usted la prueba, obsérvelo ahora ¿a qué no para de estar de un lado para otro? Toque, toque, toque un poquito y verá como se le acerca.

- Bueno, vamos a ver si lo que usted dice es verdad.

El profesor Aboloni, se dirigió hacia su salón de ensayos, y comenzó a tocar “Para Elisa” y Pedro se fue acercando despacio hacia donde procedía la música y se quedó quieto escuchando y observando al viejo profesor como tocaba aquella obra maestra del célebre compositor sordo.

Al terminar el profesor Argelius le pregunto: - ¿Te gustó?

Pedro no contestó, solo se le quedó mirando fijamente a sus ojos, entonces tuvo la intuición, en ese mismo instante, de que el pequeño Pedro podría ser un gran pianista, porque vio en sus ojos un brillo que jamás había percibido en ninguno de sus alumnos.

Y así fue, Pedro comenzó, en las primeras clases, a desarrollar sus espectaculares cualidades para la música, sobre todo el oído, ya que con solo oír una vez una composición, era capaz de tararearla sin el menor error y con el tiempo, fue aprendiendo las habilidades necesarias hasta que sus manos y su mente se fueron convirtiendo en una misma cosa. En solo dos años ya había adquirido muchos conocimientos musicales, tocaba sin partitura muchas composiciones y nunca olvidó el único consejo que le dio su profesor: “Nunca te vayas a la cama, sin haber tocado una pieza de música”

Pedro tomó clases con Argelius Aboloni hasta que este cumplió los ochenta y cuatro años, y hacía más de cinco que solo impartía clases a Pedro, que ya tenía diecinueve años.

El viejo pianista le dijo amablemente:

- Ya te he enseñado todo lo que sé, y ciertamente creo que eres el alumno mas aventajado que he tenido. Ahora te toca a ti recorrer tu camino, que no será fácil, un pianista nunca deja de tocar, porque entonces estará muerto. Pero tú jamás tendrás ese problema, porque tú, amigo mió, tocas con el alma y con el corazón. Tienes mucha suerte Pedro, mucha suerte.

- Gracias profesor, le voy a echar mucho de menos. Con usted he aprendido mucho, sobre todo a trabajar duro y eso jamás podré agradecérselo. Sólo permítame que, de cuando en cuando, pueda hacerle una visita.

- Ay, Pedrito, creo que eso va a ser difícil. Mañana parto para Módena, quiero morir en el terruño que me vio nacer. Aquí dejo parte de mi vida y muchos amigos, pero un italiano casi siempre vuelve a su casa. A mi edad, cada día puede ser el último, y sinceramente creo que ese día está ahí cerquita, esperándome en una esquina, y quiero, que esa esquina sea de mi entrañable Módena.

Pedro no pudo impedir que los ojos se le llenaran de lágrimas porque de alguna manera, el profesor había formado parte de su vida. No en vano, había compartido con él, dos horas diarias, durante más de catorce años. En los últimos cinco, esa relación había sobrepasado el límite de profesor-alumno, para transformase en una verdadera amistad, ya que en muchas ocasiones, durante ese lustro, después de cada clase, se quedaban a hablar durante largas horas como dos verdaderos amigos.

- Entiendo que se vaya profesor, yo haría lo mismo, pero sé que usted está solo y la soledad a esa edad es muy complicada, aquí me tendría a mi y a mi familia para cuidarlo.

- Te agradezco tu ofrecimiento, porque sé que lo haces de corazón, pero no te preocupes, ya lo tengo todo previsto, no estaré solo, tengo suficiente dinero para pagar una buena residencia en mi tierra.

- Ya veo que no se va a bajar del burro.

- Ya me conoces. Lo que si te pediría es que cuidaras de la casa, hasta que la ponga en venta.

- Déjelo de mi cuenta, la cuidaré como si fuese mía.

- No lo dudo, has pasado en ella muchos años.

- Por lo menos, cuando llegue a Módena, haga el favor de hacerme una llamada, para ver como está y como le va.

- No te quepa duda de que lo haré.

Al día siguiente Pedro acompañó, al aeropuerto de Gando, al viejo profesor para viajar en un bimotor Douglas DC-4 Skymaster de Iberia hacia Madrid y desde ahí hacia su añorada ciudad. Pero esa sería la última vez que Pedro y el profesor se hablarían, porque al mes y medio recibió una llamada desde un despacho de abogados de Módena en la que le comunicaban que el viejo profesor había fallecido y que le había legado toda su fortuna que ascendía a diez millones de pesetas y una casa situada en el barrio de Vegueta y que todas las disposiciones legales estaban a su disposición en una notaria de Las Palmas de Gran Canaria.

Pedro no se lo podía creer, aunque en el fondo, comprendió la última voluntad de su profesor, porque en muchas ocasiones le había comentado que tenía que salir fuera a completar sus estudios, que su talento era tal, que tenía que ser reforzado con los conocimientos de los mejores maestros del mundo y estos estaban en Europa, sobre todo en Viena. Pedro no quebrantó la postrera voluntad de su amigo y profesor, porque él entendió el mensaje claramente y no se demoró mucho en organizarse para irse a Viena a completar los dos años de piano que tenía pendientes para terminar sus estudios y después continuó en Viena cinco años más, recibiendo clases con los mejores profesores de la vieja ciudad europea.

Las campanadas de su antiguo reloj de pared lo devolvieron a la realidad cuando dieron las doce de la noche, y sintió como sus ojos estaban humedecidos al recordar al profesor Argelius Abaloni porque sabía que le debía mucho de lo que él era y de lo que había conseguido en su vida.

Nunca se desprendió de la casa de la calle de Los Balcones, ni del piano de media cola, porque eran las dos únicas cosas que mantenían vivo el recuerdo de aquella persona que le enseñó a amar la música.

A la tarde siguiente se dirigió caminando al Mercantil como hacía todos los días, pero con un come-come, con una sospecha que pronto comprobaría personalmente. Al llegar al restaurante, saludó a Armando que con un gesto le indicó que alguien le estaba esperando hacía un ratito. Al dirigir su mirada hacia donde señalaba el camarero, su presentimiento se hizo realidad; allí estaba Noelia que lo recibió con una espléndida sonrisa.

Don Pedro se acercó con paso pausado y cuando estuvo cerca le dijo:

- Parece que le ha gustado mi música, porque está claro que yo no soy la razón de que esté usted aquí

- No cabe duda de que usted es un maestro y toca el piano como pocas veces he oído, y solo con verlo tocar seguro que aprenderé algo.

- No me volverás a pedir alguna cosa rara esta noche, ¿verdad?

- No, solo vengo a escucharlo, a deleitarme como toca el piano.

- Uff, que alivio, porque aquí no están acostumbrados y tampoco me apetece mucho. Me gusta lo que toco por aquí porque de alguna manera me acerco a la gente.

- ¿Por qué toca el piano aquí?

- Esa es una pequeña historia Noelia.

Ella sonrió para sus adentros al comprobar que recordaba perfectamente su nombre y se sintió feliz.

- Hágame un resumen. Breve eh, que le quedan cuarenta y cinco minutos para empezar su función – Dijo Noelia con ironía.

- Pues hace unos cinco años aproximadamente, estaba tomándome un “bombón” mientras leía el periódico cuando vi que tres niños aporreaban el piano desvencijado que estaba medio abandonado en aquel rincón. Me acerqué y les dije que el piano no era un juguete sino un instrumento que había que respetar porque de él salían las mejores melodías del mundo. Ellos se rieron a carcajadas y me dijeron que cómo podían salir melodías de un piano viejo y abandonado. Yo les dije que solo le hacia falta hacerle unos pequeños arreglos y una pequeña afinación y volvería a ser un buen piano. Ellos volvieron a reírse a mandíbula batida. Entonces les comenté que estuvieran mañana aquí a las seis de la tarde y si el piano no sonaba como los ángeles les daba cien euros a cada uno. Los niños incrédulos me acusaron de loco y se fueron corriendo. Yo, herido en mi honor, lo reconozco, le hice una inspección y realmente estaba en muy mal estado. Le faltaban la mitad de las cuerdas, algunas teclas y por supuesto afinarlo. Así que a la mañana siguiente, compré las cuerdas, las teclas que le faltaban y cogí mi afinador de piano. A las once de la mañana estaba aquí, me puse manos a la obra, y en menos de dos horas ya tenía el piano preparado para tocar, solo me faltaba la afinación que la completé en una hora. Por la tarde volví a eso de la seis, y los niños estaban ahí, pero no solos, sino también sus padres para ver si yo había sido capaz de cumplir mi palabra y si no lo hacía cobrar los 100 Euros. Ellos me miraron con desconfianza, yo les dije que se acercaran y les indiqué que me dijeran que canción quería que les tocara. Se quedaron mudos mirando para mí. Unos de los padres me dijo que tocara Yesterday. Yo empecé a tocar la canción que me pedieron y cuando el piano comenzó a sonar, se quedaron boquiabiertos y muy sorprendidos. Al terminar les comenté que un piano nunca muere, que cuando se le arrima, solo se llena de polvo y se queda dormido, pero que es capaz de revivir con los cuidados de una buena mano. Los tres niños sonrieron y cuando ya se iban a ir, les invité que vinieran a recoger su recompensa, porque al fin y al cabo, ellos fueron los responsables de que un viejo piano volviera a recuperar sus encantadores sonidos. Así que, este viejo piano y yo, hicimos un pacto esa noche, que mantendré hasta que tenga fuerzas para seguir tocando.

- Bonita historia Don Pedro, muy bonita – Dijo Noelia con sinceridad

- Yo no sé si es bonita, lo que sé, es que me lo paso muy bien tocando aquí, porque nadie me exige nada, yo solo toco lo que me piden y si no hay peticiones toco lo que me sale del alma. Una forma de pasar las tardes haciendo lo que mejor sé hacer, que es tocando.

- ¿Y nadie más toca el piano?

- Aquí dicen que este es el piano de Don Pedro, pero lo puede tocar quien quiera. Un día deberías probar y tocar alguna pieza.

- ¿Yo? Usted está loco. Nunca he tocado para el público, solo en los exámenes.

- Pues ya es hora que te atrevas y también es hora de ir preparándome para la función de hoy. ¿Alguna petición especial?

- Siiiiiii, Love Story

- Que romántica está usted esta noche señora Noelia.

- Es el amor Don Pedro, el amor. - Dijo sonriendo.

- Bueno, pues Love Story para los enamorados.

Se acercó al piano y comenzó a interpretar aquella canción que tantas veces había tocado en la intimidad para su encantadora mujer y que hoy treinta años después volvía a hacerla sonar para otra encantadora mujer.

Al terminar, se quedó unos momentos pensativo, rememorando aquellos días que compartió con su mujer y que se vieron truncados de una manera tan dramática e inesperada.

Pero tardó solo unos instantes en reponerse del aluvión de recuerdos para continuar tocando el pequeño piano del Mercantil, porque sabía que esa era la única manera que tenía de sobrellevar su profunda amargura por la perdida de la persona que más había amado en su vida.

Noelia vio perfectamente como los dedos de Don Pedro temblaban y no supo, a ciencia cierta, a qué se debía, si a la emoción del momento o a una profunda turbación.

El pianista prosiguió con el repertorio de la noche, que lo formaban cinco peticiones y el resto lo completó con su amplio repertorio de canciones populares que siempre eran bien recibidas por el respetable.

Al concluir, se levantó con los surcos de la tristeza en su rostro, un semblante serio, frío y ausente.

Noelia pudo percibir con claridad aquella congoja que por momentos embargaba al viejo pianista, de manera que se acercó tan rápido como pudo hasta el lugar donde se encontraba y le dijo:

- ¿Se encuentra bien? – Le dijo con cierta preocupación.

- Si, mi niña. A los viejos de mi edad los achaques de la salud nos atacan por todos los flancos posibles y cuando menos te lo esperas. – Mintió con un leve gesto de agradecimiento.

- ¿Quiere que le acompañe?

- No, esto se me pasará con mi pequeño paseo hasta mi casa. No te preocupes por mí, todavía me puedo cuidar solo.

- Vamos a ver, yo voy en la misma dirección que usted. Por lo menos déjeme que le acompañe hasta donde yo vivo, cerca de Triana. Me gustaría pasear con usted. – Insistió Noelia

- Mira que eres testaruda. Vale, pero ya te digo que soy mal conversador. – Volvió a mentir con el dibujo de una sonrisa en sus labios.

- No se preocupe, hablaré lo justo y necesario.

Así que Noelia esperó que el profesor cogiera su bastón y su chaqueta para acompañarlo hacia la salida del local social.

Noelia, era una muchacha joven, de apenas dieciochos años, muy alta y corpulenta y casi le pasaba dos palmos a su acompañante.

- Voy a tener que ponerme calzos la próxima vez que salga a pasear contigo amiga.- Dijo con gracia Don Pedro

- Yo creo que ni con calzos. Nosotros, la generación de los ocho cereales somos muy pinganuos, como dice mi abuelo.

- Si, y tanto, nosotros fuimos la generación de un solo cereal; el gofio con leche de cabra, y como puedes ver, en esto de la altura, no nos fue muy bien. - Dijo él riéndose.

Caminaron con el paso pausado que marcaba la edad del viejo pianista, hablando de música, de los pianistas, de sonatas, de fugas y de alguna que otra ópera. En esos minutos, su angustia se perdió entre las sombras de los callejones de las calles de la antigua Triana hasta que se fueron acercando hasta el punto donde su compañera de paseo tenía que quedarse.

- Aquí me quedo yo, como le prometí.

- Ya veo que eres una mujer de palabra. A mi todavía me quedan unos minutos de paseo agradable.

- Le tengo que confesar que me siento muy a gusto con usted. – Se sinceró la joven.

- A tu edad es muy difícil discernir muchas cosas, pero no le des más importancia de la que tiene pequeña, solo siente y disfruta del momento, porque los que no viven el presente, casi siempre, son prisioneros de su futuro – Sentenció el pianista.

- Que profundo está usted esta noche.

En ese mismo instante sonó el teléfono móvil de la muchacha, que con el dibujo de una sonrisa y con un beso volao se despidió de su compañero de paseo.

Don Pedro se quedó observando como se alejaba la adolescente, seguramente hablando con alguno de sus múltiples pretendientes y sonriendo se dirigió hacia su casa con su paso acompasado.

En la soledad de su casa, no pudo reprimir que los recuerdos de sus años con su esposa afloraran, los mejores años de su vida sin lugar a ninguna duda. Se asomó a su viejo balcón a disfrutar del la calidez de la noche y de aquella brisa marina, que con el viento noroeste, subía por las callejuelas de la vieja Vegueta y que en los calurosos días de verano, era una bendición divina. Sentado en la mecedora del profesor Argelius, con su copa de vino, quiso recordar el pasado, recordar aquella mujer que amó hasta la locura, quiso recordar el deseo de tener los hijos que nunca tuvo, quiso recordar….pero no pudo. Se levantó tranquilamente y se dirigió al vetusto piano de su querido profesor en busca de refugio; era el único lugar que le daba seguridad y que hacía que se olvidase por unos instantes de todo el pasado tan incompresible que fue destruido una noche fría de invierno.

Los días y los meses siguientes Don Pedro contaba con la presencia de Noelia, que cada tarde asistía puntualmente a sus recitales de piano y al terminar paseaban juntos por la calle Triana. Con el tiempo fueron construyendo una amistad muy intensa y sus paseos nocturnos se fueron convirtiendo en la excusa perfecta para sentarse, bien en el parque San Telmo, bien en un banco de la calle Triana o bien en la Plaza de Santa Ana para hablar, ya no solo de música, que les apasionaba, sino también de la política, de la amistad, del amor, del clima, y de todo aquello que suelen hablar los buenos amigos.

Una de esas noches, cuando la primavera estaba en su meridiano y los aliseos volvían a entrar con intensidad por las montañas de La Isleta y en medio de una entretenida conversación Don Pedro le preguntó a Noelia:

- ¿Por qué no te vienes mañana sábado a comer a mi casa? No soy muy buen cocinero, pero los años y la necesidad me han ayudado mucho.

- Para mi sería un placer. Me encantaría conocer su casa, seguro que es un lugar encantador, porque conociéndolo como lo conozco ahora, no tengo duda de lo que digo.

- No te hagas muchas ilusiones, es una antigua casa de Vegueta y como todos los viejos, tenemos nuestros achaques y mi casa también los tiene.

- Eso será lo de menos y seguro que usted exagera como hace casi siempre que habla de usted, porque la humildad le puede.

- Lo mejor es que tú opines in situ tanto de mi casa como de mi comida y a ver que opinión me das.

- ¿A qué hora le viene bien? – Preguntó con impaciencia Noelia.

- Sobre la una y media. Los viejos nos levantamos y desayunamos muy tempranito, y como consecuencia almorzamos, también, muy temprano.

- No se preocupe por eso. Yo tengo un buen saque.

- No lo dudo, pequeña, no lo dudo.

- Pues, mañana nos vemos en su casa a esa hora, pero me tiene que decir en qué calle vive.

- Aquí cerquita, en la calle de Los Balcones, número 7.

- De acuerdo, déjeme que la apunte.

El pianista vio como sacaba de su pequeño bolso una libreta y apuntaba con diligencia la dirección.

Después de ese instante, se despidieron al refugio de la Catedral de San Ana, esperando, con cierta intensidad, ese día.

A la mañana siguiente, Don Pedro se levantó mas temprano que de costumbre, cuando aún el sol no se atrevía a aparecer por el horizonte de la bahía de Las Palmas de Gran Canaria. Tomó un desayuno ligero y se dirigió al Mercando de Vegueta para hacer las comprar pertinentes para preparar el almuerzo.

Desde hacia ya varios días estaba barruntando que comida iba a hacer para su amiga Noelia y lo tenía claro: una buena sopa de marisco y una estupenda sama a la espalda, con su buena ración de papitas arrugadas y mojo.

No tardó mucho en realizar la compra, porque él conocía a la perfección cada puesto del mercado; llevaba muchos años yendo a realizarla, tenía la buena costumbre de comer productos frescos, costumbre que había adquirido de su entrañable mujer.

Ya en su casa, fue concienzudamente preparando todos los ingredientes. Tenía una especial emoción ya que era la primera vez, en muchísimo tiempo, que preparaba una comida para alguien, y en cierta manera, sentía la necesidad de hacer un buen trabajo, porque siempre le gustaba hacer las cosas bien. De tal manera que sobre las once de la mañana tenía todo organizado para empezar a cocinar, pero no empezaría hasta las doce de la mañana, así que, para hacer tiempo, se sentó delante de su piano a tocar la sonata K-333 de Mozart, una sonata que empezaba a darle un sentido a su vida.

A eso de la una y cuarto, sonó el timbre de su vieja casona. Se asomó al balcón, y vio a Noelia con un bello traje negro que dejaba al descubierto sus hermosos hombros y que le sobrepasaba no más allá de las rodillas. También llevaba unos elegantes zapatos negros de tacón corto y a juego, un bolso pequeño del mismo color. Él se quedó unos segundos admirando a la joven, hasta que ella sintiéndose observada, miró hacia arriba y dijo en tono alegre:

-¡Estaba usted ahí!

- Si, llevó aquí un minuto admirando lo guapa que has venido.

- No sea usted adulón – le espetó Noelia.

- No mujer, no es adulación, es la pura verdad.

- Pues, baje y ábrame que parecemos Romeo y Julieta.

- Si, ya bajo.

El viejo profesor bajó las escaleras lo más rápido que pudo, ya que a su edad, tenía que tomarse las cosas con mucha tranquilidad, porque cualquier caída le podría ocasionar graves problemas de salud. Pero ese día se sentía ágil como un leopardo, porque su corazón había vuelto a tener una razón para volver a latir y esa razón no era el amor, sino la alegría de una buena y sincera amistad.

Abrió la vieja puerta, y allí estaba Noelia, que con los tacones, le sobrepasaba tres palmos.

- Hola Romeo – Bromeó la invitada.

- Bueno, en todo caso sería Julieta, por lo del balcón, claro está, pero con estos pelos y a mi edad, no doy la talla ¿verdad?

- Sinceramente, creo que no, pero quizás con unos pequeños arreglillos y en Carnaval, quien sabe.

- Si, sobre todo en Carnaval.

- Entonces, ¿paso o almorzamos aquí afuera?

- Es que a mi edad la cabeza está más pa llá que pa ca. Pasa mujer y sube directamente a la parte de arriba que es donde vamos a comer.

Subieron pausadamente la escalera de madera y en medio de ésta, Noelia le reclamó:

- Pero no sea usted salvaje. ¿No me va a enseñar antes su bonita casa?

- Es lo que te digo, tanto tiempo viviendo solo que me he asalvajado, ya no sé ni atender ni a los invitados ni a una hermosa mujer. Venga, retrocedamos el corto camino recorrido que te voy a enseñar la cueva de este viejo oso solitario.

- Ni se preocupe ni se disculpe, es que le eché un vistazo de reojo y hombre tiene usted una casa muy bonita.

- No sé yo pequeña, la casa esta tal y como la dejó mi mujer, yo no he tocado nada en muchos años.

- Su mujer era muy buena decorando y tenía muy buen gusto.

- Pues vayamos al grano, que la comida se nos enfría. – Dijo apresuradamente.

Recorrieron la planta de abajo y cada rincón estaba decorado con algún recuerdo de los múltiples viajes que realizaron Don Pedro y su mujer. A Noelia le impresionó sobremanera el patio canario, con una fuente central inmensa cuya agua buscaba el cielo que llenaba de luz cada escondrijo del centenario patio, con más de quince helechos gigantes que colgaban de los techos de los pasillos perimetrales que circundaban la fuente. La invitada, por un momento, pareció entrar en otra época, porque aquel lugar, con un silencio, solo roto por el repiquetear del agua, la llevó a sentarse en un banco de piedra que estaba frente a la fuente y quedarse unos instantes enmudecida con los ojos cerrados, solo oyendo el sonido del agua.

Don Pedro la observó durante un ratito y la dejó sola en el patio, mientras el se dirigió hacia la parte de arriba de la casa para empezar a servir la comida, mientras Noelia seguía como en trance oyendo la música del agua.

El pianista se acercó al pasillo que daba al patio, y desde allí, vio que su amiga seguía en el mismo sitio, tranquila y sin dar señas de querer levantarse. Pero Don Pedro, con un pequeño silbido, la trajo de vuelta a la realidad.

- Don Pedro, esta casa es una maravilla, sobre todo este sitio. – Dijo Noelia todavía emocionada.

- Si, es un sitio muy tranquilo, que yo no suelo frecuentar porque me trae muchos recuerdos. Sube ya, que tengo el primer plato sobre la mesa y el segundo casi está a punto.

Noelia subió, le dijo que después le enseñase el resto de la casa, se sentó, empezó a comer la sopa de marisco, miró a su anfitrión y le comentó:

- Esto está delicioso caballero. No solo tiene usted buenas manos para el piano, sino también las tiene para la cocina.

- Nada del otro mundo; tengo mucho tiempo para experimentar y entrenar.

- Lo que usted diga, pero esto está para chuparse los dedos.

- Aquí lo puedes hacer, pero mejor coge un poco de pan, y moja.

Posteriormente vino el segundo plato, la sama a la espalda, de la que la estudiante tomó buena cuenta, mostrando su satisfacción guiñándole un ojo y elevando el pulgar hacia arriba al profesor.

Después del excelente almuerzo, Don Pedro preparó un buen café y lo llevó al balcón que daba a la calle donde tenía instalada una cómoda mecedora y una pequeña mesita redonda.

Durante el café Noelia comenzó a preguntarle sobre su pasado, pero el viejo pianista se mostraba esquivo.

- Me imagino que usted no quiere hablar del tema, porque no me da pie para hablar de su mujer y de su carrera.

- Para mi ese es un tiempo pasado, maravilloso, pero pasado, e intuyo que no te interesa porque los escombros de mi vida no creo que puedan despertar algún interés en nadie.

- Pues tiene usted una muy mala intuición, porque si me gustaría conocer esa parte de su vida de la que no quiere hablar porque yo si intuyo que puede ser una forma de liberarse de esa carga que usted solo ha querido sobrellevar.

- No insistas Noelia, de verdad, esa parte de mi vida está enterrada en un panteón del cementerio de Las Palmas.

- Mi abuelo, siempre que me ve, me dice que usted fue un gran pianista. Por lo menos cuénteme eso; me gustaría mucho escucharlo.

- A ver por dónde empiezo. – Dijo pensativo.

La cara de su interlocutora se iluminó por unos instantes, como si fuera a descubrir un gran tesoro que llevaba oculto miles de años.

- A los cinco años –continúo- mi madre me matriculó en clases de piano, porque decía que era la única forma en la que yo me estaba quieto. Y cierto era, porque cada vez que oía la música de un piano, todo mi ser se paralizaba para escuchar la música que salía de ese artefacto. Así que, ni corta ni perezosa, mi madre habló con un profesor italiano afincando en Las Palmas de Gran Canaria desde principios de siglo, el profesor Argelius Abaloni, que sería mi profesor, mi mentor y mí amigo durante más de diez años. Él me enseñó todo lo que sé, sobre todo a tener paciencia cuando las cosas no salen como uno quiere y a trabajar duro, si uno quiere conseguir lo que desea, pero sobre todo, me enseñó a amar la música. A él le debo gran parte de lo que soy.

Hizo una pausa, como para recobrar el aliento. Sus ojos por momentos le brillaban cada vez más y se le llenaron de lágrimas que logró evitar gracias a un leve gesto de su dedo índice.

El profesor Argelius –prosiguió- murió en Módena hace ya muchos años y tuvo la gran gentileza de dejarme heredero universal de toda su fortuna que incluía la casa en la que estamos ahora. Su herencia me permitió irme a Viena a completar mis estudios superiores de piano y recibir clases particulares de los mejores profesores del mundo, con los que aprendí mucho de lo que sé. Como puedes ver he sido un hombre afortunado.

- Si, eso está claro, pero la fortuna no viene sola, hay que trabajar muchas horas para ser alguien en la vida.

- Bueno, bueno, yo contaba con una ventaja, que es la misma con la que cuentas tú, que me encantaba y me encanta tocar el piano. Para mi tocar el piano no era un trabajo, era un placer, era una forma de expresar lo que sentía a través de la música; el piano me transportaba, me elevaba hacia otros planos y lo sigue haciendo.

- ¿Y después de sus años en Viena que hizo?

- Pues empezar a hacer mis primeros pinitos con el piano. Un concierto aquí, otro allá y cuando podía, me daba un salto a Gran Canaria, para ir a ver a la única mujer que he amado.

- ¿Cómo conoció a su mujer?

- Lo ves, ya me estás enredando.

- Ehhh, que yo no he empezado, usted me lo ha puesto en bandeja y yo, claro, me he tirado de cabeza.

- Isabel se llamaba, aunque yo siempre la llamé Isabelita. Era una mujer con una personalidad arrolladoramente simpática. La primera vez que la vi, fue en la entrada de su colegio, por aquella época, las niñas y los niños iban a colegios diferentes. Pero mi colegio, por suerte para mi, estaba muy cerca del de ella, y cada día la podía ver con su larga trenza negra, sus ojos color miel y su cara de ángel. Yo no tenía ni idea de cómo acercarme a ella, pero poco a poco, fui averiguando cosas sobre ella, sobre todo preguntando a mis compañeras de piano que alguna de ellas estudiaban en el mismo colegio. Así supe, como el que no quiere la cosa, como se llamaba, y eso para mi fue un gran logro. Yo nunca he sido muy tímido, así que, un día cuando me dirigía a mi colegio, la llamé por su nombre y la saludé. Ella sin saber quien era, ni me hizo caso. Pero yo, día tras día, la saludaba hasta que por fin un día fui correspondido y me saludó. Ese día fue el mejor día de mi vida, mi corazón quinceañero, lo recuerdo perfectamente, casi se me sale del pecho.

- Está claro que usted es un hombre perseverante, amigo.

- No sé, Noelia, me enamoré como un loco de esa mujer desde el primer día que la vi, y sé, que a los quince años, uno no puede distinguir claramente nada porque estás en un tornado de hormonas que no tiene fin. Sin embargo, yo lo tuve claro, muy claro. Entonces, llegado el verano, oí a sus compañeras que su colegio iba a organizar una serie de actividades culturales de fin de curso, en el que estaba incluido un concierto de piano. Yo, sin pensar en lo que estaba haciendo, le dije a mi profesor que quería participar en ese concierto, porque quería sentir la sensación de tocar delante del público. El viejo Argelius me miró fijamente y me dijo, pues bien, veré lo que puedo hacer. Al día siguiente ya tenía hueco en el concierto y me preguntó qué obra iba a tocar, yo le dije que sería una sorpresa. Él no me dijo nada, porque tenía plena confianza en mí, pero me comentó que teníamos que saber el título por lo menos una semana antes para el programa y yo le dije que lo tendría.

- Oiga, que interesante está esto, y se lo tenía calladito.

- Pues no se me ocurre nada más y nada menos que componer una sonata que se titulaba “Para Isabelita” emulando toscamente al maestro Beethoven. Me puse manos a la obra, tenía solamente veinte días escasos para componerla y prepararla. Tengo que reconocer que trabajé duro, muy duro para sacar aquella composición adelante. Por la mañana componía y por la tarde corregía, hasta que al final la tuve terminada. Fui a ver a mi profesor y le dije que ya tenía el título de la obra que iba a interpretar y él me preguntó de qué autor, y yo le dije que de ninguno, que era mía. El miró con una mueca de satisfacción y me dijo que quería oírla. Yo me puse delante de su piano de media cola, que es este que ves aquí, le di la partitura y empecé a tocar la sonata de memoria. Cuando terminé, el guardó unos minutos de silencio analizando la partitura y al finalizar me dijo que estaba muy bien y que la tocara con el corazón. Con los años comprobé que lo mío no era la composición, sino la interpretación, pero el profesor sabía que yo lo descubría con el paso del tiempo. De tal manera, que en el programa del acto venía: Sonata en tres movimientos con el título “Para Isabelita”. Autor: Pedro Montesdeoca Arguello.

- ¿Supongo que todavía conserva la partitura?

- Claro que si, en algún lugar del mi gran baúl de los recuerdos, pero sobre todo, aquí, en mi cerebro como el primer día.

- Pues un día me gustaría verle interpretarla.

- Ese es un árbol que está en el bosque de los imposibles, pequeña.

- Como usted quiera, Don Pedro, pero siga con la historia.

- Como te dije, trabajé duro para ese día, para que nada saliera mal. El día de la función, entré en el pequeño salón de actos del colegio de Isabelita y vi desde los bastidores como la gente iban ocupando paulatinamente las butacas. Con el mismo ritmo mi corazón empezó a latir cada vez más de prisa y la vida se me estaba yendo por el estómago; dicen que son maripositas, aquello Noelia, eran águilas. Puse toda mi atención para poder encontrarla y allí estaba, en primera fila, con un precioso vestido celeste y con trenzas que le caían encima de cada hombro. El espectáculo empezó y a medida que se acercaba mi hora, mis nervios iban en aumentó, las águilas con crías, y mi corazón apunto de salir por mi boca. Y llegó la hora, anunciaron mi nombre y salí al escenario con todas las miradas fijas en mí, pero sobre todas ellas, la de ella, que no dejó de mirarme un instante. Y no sé si ella sabía que la sonata la había compuesto en su honor, pero yo se lo hice notar, porque cuando me senté delante del piano, me acerque al micrófono y dije: esta sonata se titula Para Isabelita y cuando lo dije, no dejé ni un minuto de mirar hacia ella. Cuando toqué la primera tecla del piano, las águilas y sus crías, se marcharon, el corazón volvió a su sitio de costumbre y comencé a disfrutar de aquella noche porque supe que ella era la mujer de mi vida. Al terminar, los vítores, bravos y aplausos duraron unos minutos. Yo me quedé sentado frente al piano viendo como la gente iba saliendo y mi, ya amada, también se quedó sentada. Nos quedamos mirándonos como dos pasmarotes durante un tiempo hasta que tuve el valor suficiente de saltar del escenario hacia donde estaba ella. Me presenté, ella se presentó, le pregunté que si le había gustado mi actuación, me dijo que le había encantado y me atreví a decirle que la había compuesto para ella. Se le subieron los colores a la vez que en su cara se le dibujaba una extraordinaria sonrisa que jamás he olvidado. A partir de aquí, pues todo fue rodando muy despacito, porque por aquella época, las cosas del amor, tenían su ritmo, un ritmo, tengo que reconocerlo, muy lento. Estuvimos de novios furtivos durante más cinco años, y cuando volví de Viena, ya con veinticuatro años y ella con veintitrés formalizamos nuestro compromiso.

- Ufff, que historia de amor más bonita.

- Para mí la más bella historia de amor, porque, como te digo, la amé hasta la locura.

- ¿Le apetece dar un paseo? Tengo ganas de estirar las piernas.

- Si, nos vendrá muy bien un paseito.

Salieron de la casa y caminaron como hacían casi siempre por Vegueta y Triana, hablando de cosas triviales y de asuntos importantes y cuando llegaron al parque San Telmo, Noelia volvió al ataque, ávida por conocer la historia del viejo pianista y le interrogó:

- ¿Por qué dice mi abuelo que usted fue un pianista famoso?

- Ya estamos otra vez, eres una mujer incorregible.

- Pero Don Pedro, no es simple curiosidad, es que me interesa su historia ¿lo entiende?

- No lo entiendo pequeña, no lo entiendo. ¿Cómo te puede interesar la historia de un viejo al que ya le quedan tres afeitas?

- No diga eso, hombre, que tiene verbena para rato. Usted es una persona muy interesante y yo he aprendido mucho y seguiré aprendiendo. ¿Entonces, me lo va a contar, o qué?

- A ver por donde empiezo –Dijo dubitativo- Como te dije en mi casa, hice mis primeros pinitos aquí y allá, y poco a poco mi nombre se fue escuchando por las mejores ciudades del mundo y como pasa siempre, en España era un perfecto desconocido. Cerré importantes contratos en Italia, Alemania, Inglaterra, Rusia, Estados Unidos y mucho después, también en España. Tenía la agenda totalmente cerrada en cinco años en los mejores teatros y auditorios del mundo. Cuando firmé mi primer contrato profesional en Italia, regresé a Gran Canaria a casarme con Isabelita. Fue una cosa rápida, ya que ella, en los meses anteriores, les había adelantado a sus padres nuestras intenciones y estuvieron totalmente de acuerdo. Así que, después de un mes y medio de preparativos, nos casamos entre concierto y concierto. Ella iba conmigo a todos los conciertos, no quería dejarla ni un momento de verla. Para mi, tenerla en la primera fila de mis conciertos, era como un bálsamo, un aliciente; no sé, me daba una tranquilidad que difícilmente podría describir. Un invierno de 1968 viajamos a Nueva York. Tenía que dar un concierto en el Lincoln Center con la Filarmónica de Nueva York.

Ella –continúo- siempre se venía conmigo una hora antes del concierto y estaba en el camerino hasta que yo bajaba al escenario. Pero esa tarde me dijo: Pedro, estamos en Nueva York, es la primera vez que estoy aquí, y me gustaría hacer unas compras antes de ir al concierto, vete tu que yo estaré a tiempo para verte en el camerino. Yo, qué le iba a decir, tenía razón, ella estaba continuamente conmigo recorriéndose el mundo y tenía pocas horas para ella, porque, la mayoría de la veces estaba ensayando, aunque, tengo que decirlo, teníamos mucho tiempo para nosotros. A ella, siempre le hizo especial ilusión viajar a la ciudad de los rascacielos, pasear por la gran manzana y además, ese día había empezado a nevar y toda Nueva York era como una postal. Yo accedí, y me fui solo hacia el teatro en el coche que la organización había puesto para nosotros. Media hora antes del concierto ya comencé a preocuparme porque no había llegado. Llamé a la recepción del hotel y me dijeron que Isabelita no había regresado. Intenté calmarme diciéndome que seguramente se había retrasado a causa de las compras o del tráfico. Diez minutos antes salir a escena, volví a llamar al hotel, con igual resultado. En ese momento empecé a preocuparme muy seriamente, pero pensé en positivo, razonando las distintas causas de su retraso. Ya era la hora, tenía que salir a tocar. Era la primera vez que tocaba en ese impresionante teatro, y con una de las mejores orquestas del mundo; la meca de la música del siglo XX, y también sería la última. Cuando comencé a tocar, cuando acaricié la primera nota, algo dentro de mí me decía que había perdido a Isabelita para siempre. Fue la primera vez en mi vida que toqué una pieza de música, mecánicamente, porque mi alma y mi corazón, estaban en otro lado, buscando a mi amor. Al concluir, los asistentes aplaudieron a reventar durante mas de cinco minutos, según me dijeron, yo no volví a salir, porque me fui en busca de mi esposa. Mi representante y yo, nos recorrimos todos los hospitales de Nueva York, hasta que por fin dimos con ella.

En ese momento, Don Pedro, estuvo en silencio, como si estuviera allí, reviviendo todo lo que había pasado. Noelia no pudo soportar más y las lágrimas recorrieron su rostro sin decir ni una palabra.

Yo –prosiguió- albergaba la esperanza de que hubiera sido un accidente, pero cuando hablamos con el Doctor Jefe de Urgencia, nos indicó que a Isabelita la habían traído con vida, con cuatro tiros en el pecho y que habían estado cincuenta minutos intentando que no se les fuera, pero que al final, no pudieron hacer nada. El mundo se me vino encima como una loza de mil toneladas. No te voy a contar lo que sentí porque he querido olvidar para siempre aquel sufrimiento tan doloroso por la pérdida del ser que más he querido en mi vida. Mil veces me he preguntado por qué la dejé irse sola en una ciudad tan peligrosa como Nueva York, pero también mil veces me he contestado que cada uno tiene su historia escrita aquí o en cualquier parte del mundo. Ahora con el tiempo, veo las cosas de otra manera, porque en realidad nunca la perdí, porque siempre ha estado conmigo. A partir de esa circunstancia dejé para siempre la música de alto nivel, aunque muchos me pidieron, con los años, que regresara a los escenarios, incluso me volvieron a invitar desde Nueva York. Rompí todos mis compromisos y retorné a Gran Canaria. Estuve algunos años carcomiéndome el alma y el corazón con la tristeza y la pena. Pero no hay pena que dure cien años, o como se diga, y un día me levanté, puse un cartel “Se dan clases de Piano” y empecé poco a poco a recibir alumnos, porque quien tuvo retuvo. Y con los años, me hice con una camada de pupilos y tengo el honor de decir que algunos de ellos son buenos pianistas, pero sobre todo, buenas personas. A los tres años me comunicaron que habían capturado al asesino de mi mujer, un joven heroinómano al que condenaron a muerte, pero que murió un año después victima de una neumonía. Cuando supe de su identidad desee con todas mis fuerzas su muerte, incluso, muchas veces soñé que yo mismo acaba con su vida y con franqueza, cuando me comunicaron que había fallecido, sentí una gran satisfacción, porque en el fondo, creí que se hacia justicia. Pero el odio es una mala compañera de viaje, muy mala. Tuve que arrancármela cómo si fuera una maldita garrapata que me estaba chupando la sangre y al final lo conseguí. Eso me posibilitó centrarme más en mi vida y sobre todo en no olvidar nunca a mi Isabelita, que siempre la llevaré dentro de mi corazón. Hasta aquí mi historia, pequeña.

Noelia no pudo articular palabra porque muy en el fondo no se esperaba, ni por asomo, una historia tan dramática y con tan triste final. Se quedó muda, se levantó y se fue sin mediar gesto o palabra alguna.

Don Pedro, no dijo nada, la dejó que se marchara, porque sabía que su amiga necesita un tiempo para estar sola y digerir su historia. Él pensó que era la primera vez en su vida que había contado a alguien su parte de su vida y como le había dicho Noelia se sentía aliviado, como si hubiera soltado lastre después de muchos años de sufrimiento en silencio.

Se levantó, cogió su bastón y se dirigió con su paso particular hacia su casa, recorriendo Triana y mirando hacia arriba para observar las fachadas de las casas antiguas que siempre escondían alguna sorpresa oculta.

Al siguiente día volvió al Mercantil para dar su cotidiano concierto de piano. Buscó a su amiga entre los asistentes sin éxito, y no volvió a verla por allí por algún tiempo.

Don Pedro sintió que dentro de sí algo se le había roto, que algo no encajaba en toda aquella historia entre Noelia y él, pero se dijo, que no tenía edad para estas milongas, y que a sus setenta y un años, su cabeza y su corazón no estaban para estos trotes. Sin embargo la desazón lo embargó durante algunos meses, hasta que el polvo del olvido cubrió con una capa fina todas sus historias y recuerdos de aquella bella muchacha.

Él siguió con su vida normal, con sus conciertos en el Mercantil, con sus achaques, con su vinito y sus horas de piano a eso de las diez.

Un sábado de primavera, sobre las once de la mañana, Don Pedro oyó como le tocaban el timbre de su puerta y como hacía en muchas ocasiones, se asomó al balcón para ver quien era. Y allí estaba Noelia esperando que él le abriera. El viejo pianista bajó las escaleras con la cadencia que le permitían los años y sus rodillas, abrió la puerta y se encontró con su amiga, que hacía más de tres meses que no sabía nada de ella. La recibió con una sonrisa y con una entrañable mirada y le dijo:

- Parece que por fin has encontrado el camino, porque te habías perdido.

- Lo primero que quiero, es pedirle disculpas, para mi fue muy fuerte lo que usted me contó, yo no me esperaba para nada el final de su historia.

- Ni yo tampoco querida amiga, ni yo tampoco. Pero pasa, pasa, no nos quedemos aquí fuera, entremos y nos tomamos un cafecito.

Noelia parecía totalmente abatida y arrepentida, no sabía como explicarle al profesor porqué se había ido y porqué no había dado señales de vida.

Pero el viejo profesor salió en su ayuda y le comentó:

- No te preocupes por nada, ni intentes disculparte por tus actos. En la vida hacemos cosas que no tienen explicación y lo hacemos porque en esos momentos creemos que es la mejor opción. Para tu tranquilidad pequeña no soy una persona nada rencorosa. El rencor es una alimaña hambrienta que está a la espera para que le des de comer y, si lo haces, con el tiempo, te comerá el corazón y yo hace mucho tiempo que la maté de hambre. Así que sonríe y no sabes la alegría que me da verte de nuevo, ven y dame un abrazo.

A Noelia se le saltaron las lágrimas de la emoción mientras se fundía en un abrazo con su viejo amigo.

Estuvieron largo rato hablando de todo lo que habían hecho en esos meses y en medio de la conversación Don Pedro le preguntó:

- ¿En que curso estas de piano?

- Uff, todavía me queda mucho.

- Lo cierto y es curioso que nunca te he oído tocar el piano y me gustaría oírte y esta es una magnifica oportunidad.

- No, de verdad, no estoy de humor para tocar.

- Mujer, tócame la K-333, que fue el puente que nos unió. Aquí tengo la partitura, espera que la busque.

- No la busque, me la sé de memoria

- ¿Sí?

- Si, después de oírsela tocar a usted me quedé enamorada de esa sonata y claro, pues la he tocado en muchas ocasiones.

- Mujer, necesito una compensación y qué mejor que esa. Así que aquí tienes un piano centenario y un amigo dispuesto a oírte. – Dijo riéndose.

- Bueno, usted gana.

La joven se sentó delante del piano del profesor Argelius y comenzó a tocar la sonata, mientras el profesor la observaba con mucha atención.

Al terminar, el silencio invadió por unos minutos toda la casa, como si aquella sonata volviera a unirlos nuevamente hasta que la muchacha preguntó con impaciencia:

- Uff, por su cara creo que no le ha gustado.

- Se nota que hace tiempo que no nos vemos. Me ha gustado mucho como la has interpretado, pero todavía te quedan muchas cosas que pulir, no en esa sonata, porque la bordas, sino algunas cositas que tienes que corregir con un poquito de entrenamiento y consejos.

- Ya, pero…

- No hay pero que valga señora. Yo sé que te encanta tocar el piano y que tienes madera para ser una buena pianista y también sé que te importa bien poco la fama y los triunfos; a ti te gusta tocar el piano y eso es lo único que interesa. A mi todavía me quedan algunos años para poder enseñarte todo lo que sé, cinco años, ocho a lo máximo. Creo que esos años podrás adquirir y perfeccionar tus conocimientos. ¿Estás dispuesta?

- Pero yo no tengo dinero para pagarle las clases particulares.

- ¿Quién está hablando de dinero? Estamos hablando de música, de mú-si-ca. Yo daba clases porque me encantaba dar clases no por el dinero, nunca me hizo falta, y a más de un alumno que no tenía posibilidades económicas les ayudé.

- Para mi sería un honor que usted me enseñara todo lo que sabe.

- Pues bien, el lunes empezamos. Las clases serán de cuatro a seis de lunes a viernes. Tendré que retrasar una hora mi actuación en el Mercantil.

- Don Pedro para usted es muy importante lo del Mercantil

- Claro que es importante, pero no fundamental, y ahora tú eres lo fundamental.

- No sé como se lo voy a agradecer.

- Con trabajo, con mucho trabajo y con una sonrisa.

A partir de ese lunes comenzó sus clases con el viejo profesor y fue sacando año a año todos los cursos de piano, hasta que concluyó sus estudios con la máxima nota posible y se convirtió en una excelente concertista que viajó por medio mundo llevando en su corazón a su viejo profesor y una sonata de Mozart.

Cuando regresaba a Gran Canaria, se pasaba por el Mercantil para oír a su amigo. El tiempo y sobre todo, los achaques, hicieron que Don Pedro dejara, muy a su pesar, de ir al tocar el piano.

Don Pedro, casi con noventa años, y en su residencia de ancianos, (nunca permitió que su alumna se encargara de su cuidado), recordaba al viejo profesor Argelius y reflexionaba sobre las coincidencias que se pueden dar en la vida; él encontró la mano del profesor Italiano y Noelia la de él y que en definitiva todos ellos fueron muy afortunados porque construyeron un camino común a través de la música que les permitió, de una manera o de otra, ser mas o menos felices.

FIN




3 comentarios:

Irmina Díaz-Frois Martín dijo...

Muy buena crítica. Conocí el relato cuando aún estaba en pañales y debo reconocer que su madurez ha sido inmejorable. Besitos tiernos.

Jacky dijo...

Hola Moisés que arte tienes para escribir,eres excelente.Me encantó esta historia y como tu chica con su exquisito pastel de piano te ha inspirado sigue adelante.ánimo.Saludos.

Cocinica dijo...

Me ha encantado el relato. Yo había entrado a ver postres, pero no he podido dejar de leer, es una historia preciosa.

Maria Pilar