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Yo estaba destinado en Hong Kong como representante de una naviera multinacional inglesa, llamada Hamilton & Asociados. Por aquel entonces, rondaba los veinticinco años. Tuve la suerte de ser el nieto de un importante comerciante irlandés que se afincó en Las Palmas de Gran Canaria a principios del siglo XIX.
Mi abuelo, Ralf O`Dumbay, llegó a Gran Canaria con lo puesto, huyendo de la represión inglesa y del hambre. No tardó en caer en la cuenta que el incipiente fondeadero de las Isletas, sería un gran puerto en el tráfico y comercio internacionales. Él me contó que, al mes de llegar, estuvo medio día viendo como entraban y salían los barcos de la bahía de las Isletas, y que la mayoría fondeaba cerca del naciente muelle de Santa Catalina. Lo vio claro. Destinó todos sus recursos financieros a forjar la idea que tenía en la cabeza: montar un negocio dedicado al avituallamiento de buques que iban de camino a Las Américas.
El conocimiento del inglés fue la piedra angular del arranque de su negocio. Le permitió, en primer lugar, relacionarse con todas las navieras más importantes que operaban en el Puerto que estaban bajo el control de los ingleses y segundo, hablar con todos los capitanes que llegaban a Las Isletas, que la mayoría o lo hablaban o lo chapurreaban. Al principio, tuvo algunos problemas con la relación con los ingleses porque recelaban de un irlandés, pero con el tiempo se dieron cuenta que mi abuelo tenía madera para los negocios y que se dejaba la piel en el trabajo.
Con el paso de los años compró un pequeño terreno en el Istmo de Guanarteme, donde sólo había diez casas mal contadas, en las que vivían un grupo de pescadores. Todos le dijeron que estaba loco, pero él contaba con información privilegiada e importante. Sabía que en unos años harían una carretera en condiciones que sustituiría al camino de cabras que existía por aquel entonces y que conectaría el puerto con la ciudad. Conocía, porque lo había oído en multitud de conversaciones entre los ingleses, que un diputado nacional, llamado León y Castillo, tenía un proyecto para construir un gran puerto en la Bahía de Las Isletas.
Con trabajo duro, mi abuelo fue construyendo su pequeña empresa. Contó, en los primeros años, con dos botes de vela latina de seis metros de eslora por uno y medio de manga. Él me relató que, en los primeros cinco años, la mayoría de los días tenía que embarcarse junto con los cinco marineros, que cobraban en función de lo que fueran capaces de negociar. Ellos contaban con una ventaja sobre el resto de la flota de botes que trabajaban en la bahía y era, que ellos tenían su base de operaciones en el mismo Istmo. Siempre había un marinero atento, día y noche, a las campanadas del vigía que estaba en la montaña de Las Isletas. Cuando sonaba la campana, salían como a toda velocidad en busca del buque que entraba. De esta manera, mi abuelo se fue haciendo con el suficiente dinero para ir creciendo económicamente, ir incrementando la flota y dándole forma a su sueño. Cuando en 1861 terminaron la carretera que conecta la bahía con la ciudad, mi abuelo adquirió una tartana tirada por dos mulas para transportar a los pasajeros y equipajes al centro de la ciudad.
Había días en que era casi imposible atracar en el Muelle de Las Palmas, y todas las embarcaciones buscaban refugio en el seguro fondeadero. En estos días, la actividad se multiplicaba por tres y los trabajadores no tenían casi descanso llevando y trayendo personas, mercancías y víveres.
Fueron muy famosos los boteros de la compañía de mi abuelo que, en los años treinta del siglo XX, competían, con el bote denominado Agustín en las fiestas de la ciudad. Posteriormente se enrolarían en el bote Minerva para competir en el primer Campeonato organizado por la Sociedad Deportiva Ahemón, ganando dos campeonatos.
Después conoció a mi abuela, que procedía de la ciudad de Telde en Gran Canaria, con la que contrajo matrimonio, fruto del cual, nacieron dos niños y una niña.
Desde muy pequeño estuve relacionado con el mundo de los negocios y aprendí directamente de mi abuelo y de mi padre cada uno de los entresijos del mercado internacional. Mi inglés era casi perfecto y lo potencié en el colegio inglés durante toda mi etapa escolar y lo practicaba diariamente con mi abuelo, aunque él se esforzaba en que también aprendiera el gaélico, pero al final desistió de su empeño. Yo era su nieto preferido, quizás porque era el único, de sus diez nietos, que se pasaba las horas muertas escuchando su vida y milagros en el mundo de los negocios.
Al terminar mis estudios superiores, mi abuelo movió Roma con Santiago para buscarme un puesto en Hamilton y Asociados cuyo socio mayoritario le debía algún que otro favor importante. Siempre decía, como buen irlandés, “que los favores, si se puede, hay que hacerlos, pero nunca hay que olvidar de cobrarlos”.
Así ingresé en una de las compañías navieras con más renombre del mundo. Estuve algunos años desarrollando trabajos básicos relacionados con la administración de los fletes y control marítimo. Pero con el tiempo, me fui ganando la confianza de los jefes que me fueron dando cada día más responsabilidades, hasta llegar con veinticinco años a ser el Director Adjunto para Asia.
De esta manera pasaba gran parte del año en Hong Kong, donde la compañía poseía una de las cuatro sedes que tenía repartidas por el mundo. Regresaba a Gran Canaria dos veces al año, en verano y en Navidad, porque el resto del año estaba trabajando sin parar para sacar adelante todos los proyectos y solucionando, todos y cada uno de los contratiempos que la compañía pudiese tener en Asia. Sobre mis espaldas recaía gran parte del peso de la compañía, porque aunque yo era Director Adjunto y se suponía que el Director era quien llevaba la voz cantante. Mas pronto que tarde, todos cayeron en la cuenta de que yo era el hombre con quien había que hablar para solucionar los conflictos o abrir las puertas a algún nuevo mercado. Esta situación no era ajena al conocimiento del Director, que estaba muy a gusto con el “estatus quo” de la empresa en los Mares del Sur de China.
Mi vida transcurría entre barcos y papeles, tenía poco tiempo para la diversión y el ocio, aunque siempre dejaba algún fin de semana para dar rienda suelta a las hormonas que durante el resto de la semana estaban cubiertas de papeles y de problemas.
Hong Kong siempre ha sido una ciudad increíble y espectacular desde cualquier punto de vista. La primera vez que pisé sus calles en el año 1968 quedé absolutamente impresionado por la multitud de personas que iban de un lado para otro por mar, tierra y aire. El primer día comprendí porqué Hamilton & Asociados había pagado un precio muy alto por tener una representación aquí: en esta ciudad se hacían la mayor parte de las transacciones comerciales de Asia.
Los ingleses se empeñaban en poner de manifiesto, día tras día, que Hong Kong pertenecía, por derecho propio, a la Corona Británica. Pero todos sabíamos, que, con el paso de años, China volvería a recuperar la soberanía sobre este trozo de tierra que valía su peso en oro. China, que por aquellos años estaba inmersa en la Revolución Cultural de Mao, ya había puesto los cimientos socioeconómicos que la convertirían en la potencia mundial que es hoy en día.
Los diez años que estuve en esta colonia Británica, viví en una parte de la ciudad en la que mayoritariamente residían los altos directivos de las empresas multinacionales. Después de buscar mucho, elegí una pequeña casa de estilo colonial que estaba cerca del mar. Siempre he pensado que una de las razones por la que me mantuve tanto tiempo en esta ciudad asiática fue porque cada día desayunaba disfrutando y deleitándome viendo el mar. Contemplaba con goce como los cientos de veleros chinos atravesaban las aguas turquesas del Mar del Sur de China y como competían con los grandes barcos de hierro y acero que iban en busca de lejanas rutas comerciales.
Esta intensa historia empezó en el tórrido verano de 1969 cuando, un viernes, salí de mi despacho con la idea de cenar algo por los alrededores. No solía hacer eso, porque casi todos los viernes tenía compromiso para ir a cenar con algún cliente y muy rara vez, con un viejo amigo. Recorrí las atestadas calles de la ciudad. Había dejado el traje de chaqueta y corbata en el ropero de mi despacho y me había puesto una camiseta de Chuck Berry, un raído vaquero Levis Strauss y me había calzado unas Adidas blancas. Ese día necesitaba escabullirme de todo el ajetreo de la compañía y mezclarme entre las gentes de Hong Kong. Poco a poco me fui alejando del centro neurálgico de la ciudad y cuando me quise dar cuenta, ya estaba inmerso entre multitud de olores a especias y a comida china. El inglés brillaba por su ausencia, no tenía ni idea de lo que estaban hablando los hongkoneses. Todo era un batiburrillo de sonidos que hasta ese momento me parecían totalmente desconocidos.
El hambre me estaba enviando señales inequívocas a mi cerebro y este se las quitaba de encima trasladándoselas a mi estómago. No tardé mucho en entrar a un tugurio que hacía las veces de restaurante para saciar mi gazuza. Los olores a fideos con arroz con curry, a Hui Guo Rou (estofado de cerdo con ajo), Man Tou (Pan de ajo) y la sabrosa sopa de anguila, llenaban todo el salón que estaba repleto de nativos. Rápidamente, por comparación, me vinieron a mi cerebro las imágenes de los suntuosos restaurantes cantoneses de primera categoría en los que por mucho dinero podrías comer casi lo mismo.
Me senté en el primer lugar que encontré libre. Era un rinconcito con una pequeña mesa, rodeado por dos o tres familias que compartían los mismos platos que eran atacados con avidez con los típicos palillos chinos.
Llamé a la camera con un gesto. No tardó mucho en estar a mi lado. En inglés le dije:
- Quiero sopa de anguila y estofado de cerdo con algo de arroz.
La joven se quedó mirando a mis ojos fijamente y con un gesto de desconcierto me hizo entender que no me entendía. Miró a su alrededor como buscando a alguien. Dio un grito inteligible y a los pocos minutos estaba junto a mí un enjuto camarero que me preguntó en un imperfecto inglés:
- ¿Qué quiero comer usted?
- Algo de sopa de la casa. Cerdo estofado con un poco de arroz.
- Tenemos una sopa de huevos con verduras que estaba muy buena. El cerdo estofado se nos ha acabado. Pero le poder ofrecer cerdo asado con curry y arroz con verduras.
- Pues tráigame la sopa de huevos y el cerdo asado con arroz.
El pequeño camarero se perdió por el fondo del pequeño restaurante. Mientras, yo observaba el pequeño mundo que se levantaba ante mí. Todo me parecía nuevo y extraordinario.
Durante la espera, observé a una joven china. Tenía apenas veinte años. Nuestras miradas se cruzaron en más de una ocasión. Parecía una muñeca de porcelana. Estaba sentada junto a otras tres chicas que parecían formar parte de algún grupo de estudiantes universitarias. Quedé cautivado por la hermosura de aquella chica. Su piel era muy blanca que contrastaba con el negro azabache de su cabello. Sus ojos eran pardos, un color nada común por aquellas tierras que indicaba un cruce de sus antepasados con algún extranjero. Su cuerpo sobresalía entre resto de sus amigas, porque era mucho más alta, más atractiva y altiva.
El pequeño camarero me sacó de la ensoñación en que estaba sumergido y me devolvió a la cruel realidad.
Comencé a saborear la sopa, al tiempo que, entre cucharada y cucharada, echaba una mirada a mi admirada. Todas sus amigas empezaron a murmurar y a sonrerir al percatarse de mi interés por su amiga que no dejaba de mirarme con sus ojos felinos.
El segundo plato no tardó en llegar. Ya había dado buena cuenta de la bebida y sobre la marcha, pedí al camarero un poco más. Ya había terminado de cenar y mi única compañía era la pequeña botella de shaojiu, un licor chino transparente y los ojos de la hermosa pekinesa.
Sin perder mucho tiempo me levanté y me dirigí hacia el lugar en la que estaba la dulce muñeca. El ímpetu de mis veinticinco años, la locura de las hormonas y el shaojiu hicieron el resto.
Al poco rato ya estaba sentado en la mesa con las cuatro muchachas que resultaron no ser estudiantes, sino actrices de un teatro chino ambulante que había hecho una pequeña escala en Hong Kong de camino a Pekín.
Todas habían caído en la cuenta que yo perdía el sentido por su amiga. Ella se llamaba Liu y era la actriz principal en un teatro ambulante de Beijing cuya misión primordial era la de potenciar la cultura china en las distintas ciudades siguiendo, a raja tabla, las directrices Culturales de Mao.
Entre tanto, yo había pedido dos o tres jarras más de shaojiu, que ya estaba haciendo sus efectos. Todos bebimos con gran entusiasmo hasta que el camarero nos dijo que ya era hora de irse.
Le pregunté a Liu si conocía algún lugar donde seguir la fiesta. Todas se quedaron mirándome y murmuraron durante unos instantes, hasta que una de ellas dijo que ya era demasiado tarde y que tenían que irse.
En ese mismo momento Liu hizo un comentario en Mandarín a sus amigas que no acerté a traducir pero pronto supe a que se refería. Las tres amigas se levantaron y ella se quedó sentada mirándome con sus grandes ojos pardos y me dijo con una amplia sonrisa:
- Yo me quedo.
Para mí fue una agradable sorpresa. Yo espera que esta doncella de marfil siguiera los pasos de sus jóvenes amigas, pero decidió quedarse siguiendo unos designios que me eran totalmente desconocidos.
Yo me quedé perdido en sus maravillosos ojos pardos hasta que ella alargo su mano derecha y cogió la mía y me comentó:
- Parece que tenemos lo que queda del día para nosotros
- Eso parece. – Dije con turbación.
Mi experiencia con las mujeres había sido escasa. Dos o tres escarceos amorosos que habían terminado, en alguna ocasión, en la culminación de la cúpula que se caracterizaba por el peso de la inexperiencia y mi bisoñez.
Liu se levantó. Llamé al camarero y pagué la cuenta de las chicas y la mía. Me cogió de la mano y nos perdimos en las calles de los suburbios de Hong Kong. En un momento dado, y en medio de una multitud, se detuvo y me llevó hasta un callejón poco iluminado. Me miró fijamente con sus ojos de felina al tiempo que acercaba lentamente sus labios. Pude sentir que el corazón comenzaba a latirme con fuerza y las rodillas me temblaban sin remedio. Sentí como sus cálidos labios rozaban los míos y como su lengua buscaba la mía y se introducía en mi boca como una serpiente sedienta. Sin darme cuenta me vi abrazado a Liu, besándonos locamente como si fuera el último día. Mis manos recorrieron sus pechos y se deslizaron hacia su entrepierna. Pude sentir el calor que salía de su vagina y mi dedo índice recorría con lujuria los labios vaginales. Ella de un movimiento pélvico, pegó su cadera a la mía y percibí como mi falo se acoplaba con su entrepierna. En un momento ella se detuvo, me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- Me temo que necesitamos un lugar más confortable. Estoy muy excitada y necesito sentirte dentro de mí.
Yo la miré sin decir nada y la seguí como un sonámbulo perdido en la noche. Aproximadamente a los diez minutos estábamos frente a un gran hotel. Ella me dijo:
- Entra y regístrate. Yo vengo en seguida. Esta noche será especial e inolvidable para los dos.
Sin hacer ninguna pregunta, me dirigí al hotel. Me registré como el matrimonio O`Dumbay. Entregué mi pasaporte, dije que pronto vendría mi mujer y que la reconocerían rápidamente porque tenía unos maravillosos ojos pardos.
A la media hora tocó en la puerta de la habitación, entró con una amplia sonrisa dibujada en su rostro y con una botella que contenía un líquido celeste. Me miró desde la cómoda mientras escanciaba el brebaje en dos pequeños vasos de cristal. Me ofreció uno. Me lo acerqué a la nariz para poder oler su esencia. El olor era indefinible, pero tenía un ligero matiz a hierbas. Se lo bebió de un trago y yo hice lo propio. Tenía un sabor muy peculiar. No tenía nada de alcohol, pero con un imperceptible dejillo ácido. Me levanté y fui hacia ella. Me ofreció otro trago. Esta vez yo fui el primero en beberme de un golpe la pócima. Comencé a sentir una especie de euforia y a ella los ojos le brillaban de una forma que nunca había visto en ninguna mujer. Se me acercó, me besó con arrebato, recorriendo con frensí cada poro de mis labios y jugando con mi lengua de manera frenética. Mientras me besaba, sus manos no dejaban de tocarme. Recorría todo mi cuerpo como una experta amante. Me levantó la camiseta y empezó a lamerme los pezones. Desabrochó el botón de mi lewis, metió su mano dentro de mis calzoncillos y pude sentir como su cálida mano apretaba mi pene con fuerza. Cuando lo cogió, sus besos se hicieron más intensos. Estaba muy excitado y me dejaba hacer, hasta que mis hormonas reventaron. Me despegué de ella, le di la vuelta, la coloqué de espaldas a mí y me pegué a ella. Le levanté el cabello y comencé a besarle el cuello con delicadeza. Mis manos acariciaron sus jóvenes y perfectos pechos. Le pellizqué sus pezones al tiempo que le levantaba la falda, le bajaba las bragas color turquesa y se las quitaba. La llevé hacia la cama y con un leve pero rápido movimiento, la incliné hacia delante dejando al aire su voluptuoso trasero y su apetitosa vagina. Me arrodillé ante el imperio del placer y me perdí durante unos minutos saboreando los jugos de su pasión irrefrenable. Sentía como todo su cuerpo se estremecía con cada moviendo de mi lengua y sus gemidos entonaban palabras en mandarín que yo no entendía. Al poco, ella giró sobre si misma, se arrodilló ante mí, me miró un instante, me bajó los pantalones hasta los tobillos y me los quitó con rabia. Comenzó a lamer la punta de mi miembro como si estuviera chupando un helado de fresa. Poco a poco, fui sintiendo como se lo introducía en su boca y jugueteaba haciendo maravillas con su lengua. La excitación era tal que el corazón se me iba a salir del pecho. Sentía la fuerza y la fogosidad con la que Liu me hacía una increíble felación. Por una razón, que aún no llego a comprender, llegaba continuamente a un climax de placer indescriptible pero sin llegar en ningún momento a eyacular.
Nos vimos tumbados sobre la alfombra del espacioso salón de la habitación del hotel. Liu se tiró sobre mí como una pantera, me besó con más ímpetu, agarró mi miembro, que estaba duro como una barra de hierro y se lo introdujo en su empapada vagina. Movía las caderas con una perfección que me hacía enloquecer. Ella gritaba y gemía de placer como si hubiera descubierto por primera vez las sensaciones y la locura del sexo. Nos perdimos durante horas entre los aromas del placer que emanaban del torrente del sexo hasta caer totalmente agotados.
A la mañana siguiente me levanté. No había ni rastro de Liu por ningún lado. Solo tenía flashes inconexos de la alborotada y maravillosa noche.
Me vestí con tranquilidad. Sentí un ligero escozor en la espalda, pero no le dí mayor importancia. Llamé al servicio de habitaciones y pedí que me subieran el desayuno. Tenía mucha hambre.
Al bajar a la recepción, solicité la cuenta. Me detuve un minuto a examinar la factura con detalle y le pregunté al Jefe de Recepción por qué me habían facturado dos noches cuando solo había estado una. El recepcionista me miró con cara de incredulidad y me expuso con rostro severo:
- Señor, en nuestro hotel no tenemos por costumbre la picaresca y el engaño. Usted llegó al hotel el viernes y se va el domingo. Dos noches, ni una mas ni una menos.
- ¡Dos noches! – Le espeté con recelo- No es posible que yo haya estado dos noches y que no lo recuerde.
- Vamos a ver señor. Usted y su “mujer” -dijo arrastrando las sílabas- han pasado un fin de semana de escándalo. Hemos tenido quejas de algún cliente que hemos resuelto aludiendo que eran recién casados.
- Pero…
- Además veo que no recuerda que ayer sábado por la noche salió con su “mujer” y volvió con algunos amigos más y por lo visto la fiesta duró hasta altas horas de la madrugada.
Pagué la cuenta sin hacer ningún comentario y salí a la calle en busca de un poquito de aire fresco, pero me encontré con el bochorno típico de los veranos asiáticos.
Detuve un taxi a la primera oportunidad que tuve y me condujo con paciencia por todo el entramado de calles atestadas de gente y de coches. Aquí solo los occidentales descansábamos los domingos. Durante el recorrido intenté hacerme una idea de lo que había pasado. Lo único que recordaba con claridad eran los ojos y el cuerpo ardiente de mi amante, sus delicadas palabras y su pasión.
Al llegar a mi casa encontré a mi ama de llaves con cara de preocupación, que se disipó cuando le expliqué que había estado de viaje por un asunto de negocios. Necesitaba darme una ducha porque estaba empapado en sudor debido a la altísima humedad que reinaba en el ambiente. El agua caliente alivió algo mi desasosiego. Me puse el albornoz y me dirigí a mi habitación. Me disponía a ponerme algo ligero para dar un paseo cuando sentí un leve escozor a la altura de mi omóplato. Me quité el albornoz y vi con claridad un tatuaje con caracteres chinos. No recordaba el momento en que me lo había hecho y con un grito llamé rápidamente a Tsena. Ella se giró automáticamente al verme en calzoncillos pero yo le dije que se tranquilizara y le pregunté mientras le daba la espalda:
- ¿Me puedes decir que significado tiene este tatuaje?
- No lo sé señor. Es chino, pero debe ser muy antiguo, porque no logro saber que dice.
- ¿Cómo que muy antiguo?
- Si. Yo no tengo estudios señor, pero le aseguro que no es chino actual.
- ¿Quién me puede decir qué dice?
- No tengo ni idea señor. Usted tiene muchos amigos. - Dijo marchándose y dejándome con la palabra en la boca y un poco abrumada.
Me quedé durante un tiempo sentado en la cama analizando con detenimiento los extraños caracteres que alguien había escrito en mi espalda.
El lunes me levanté con la imagen de la tierna Liu. Había estado soñando toda la noche con sus maravillosos ojos pardos y su voluptuoso cuerpo. Cuando llegué a mi despacho, telefoneé a mi amigo Zhang, un pekinés afincando en Hong Kong que era un influyente broker que estaba muy bien relacionado.
- Hola Zhang.
- Hola Alexander ¿Cómo va el comercio internacional?
- ¿Y me lo preguntas tú?
- ¿No tienes alguna información interesante que deba saber?
- Sabes que si la tuviera te hubiera llamado.
- ¿Y no me has llamado para eso?
- No...A ver por donde empiezo.
- Pues por el principio como todo mundo.
- Bueno. El pasado fin de semana salí a relajarme un poco y terminé liándome con una preciosa pekinesa. Hasta ahí todo perfecto, pero me dejó un regalito que no entiendo.
- ¿Un regalo? ¿Qué clase de regalo?
- Un tatuaje.
- ¿Un tatuaje?
- Sí. Son unos caracteres chinos. Mi asistenta me ha dicho que deben de ser antiguos porque ella no los entiende.
- Por lo que me estás contando no recuerdas cuando te lo hicieron ¿verdad?
- No. No tengo ni idea. Tengo una laguna de casi veinticuatro horas en las que no sé lo que he hecho.
- Uff, suena extraño Alex. Muy extraño.
- Joder, no me asustes.
- No te asusto. Pero me resulta bastante insólito que conozcas a chica una noche, te haga un tatuaje y que no recuerdes nada de nada.
- Eso es lo que me tiene confundido. Solo recuerdo a la chica. Me gustaría que me dieras tu opinión del tatuaje sobre el terrero.
- Ok. ¿Qué te parece si me paso esta noche por tu casa, me invitas a una buena cena y lo vemos?
- Perfecto. Te haré unas papitas arrugas con mojo y queso de mi tierra como entrantes y luego un caldido de pescado con gofio.
- Tú siempre con tu comida Canaria.
- No se pueden olvidar las raíces, Zhang, el que las pierde está muerto. Además sé que te encanta todo lo que hago.
- Siiii, sobre todo las papas arrugas con mojo.
- Pues nada. Te dejo con la locura de la bolsa. Yo tengo dos o tres reuniones para terminar de cerrar dos transacciones muy importantes.
- Hasta después Alexander.
- Hasta después Zhang.
Cuando colgué, tuve un regusto amargo. Porque, como había planteado mi amigo, resultaba bastante singular todo lo que había ocurrido. Intenté dedicarle unos minutos a reflexionar, pero la realidad del día a día, cayó sobre mí y me aplastó como un gusano.
Dejé las oficinas de la compañía cuando pasaban las seis de la tarde. Anteriormente había llamado Tsena, mi ama de llaves, para que me fuera preparando los ingredientes de la cena. Ella tenía mucha experiencia en la preparación de las papas arrugadas pero a mí me gustaba dedicarle tiempo cuando se trataba de preparar comida Canaria para un invitado. De alguna forma me acercaba a la tierra que tanto añoraba.
El broker fue puntual como siempre. Rara vez verás a un chino llegar tarde a una cita.
Lo recibí en la puerta y después de darme un fuerte abrazó me dijo:
- Tengo mucha curiosidad por todo lo que me has contado del tatuaje.
- No he tenido mucho tiempo para pensar en ello. Ha sido un día de perros. No he parado ni siquiera para almorzar. Así que tengo un hambre de caballo.
- Pues mejor. Primero lo primero, querido Alexander. Así que a comer.
Nos dirigimos hacia la parte de atrás de mi casa donde había un amplio patio que tenía unas magníficas vistas del puerto de Hong Kong.
Ya tenía toda la comida preparada cuando nos sentamos. Dimos buena cuenta de los manjares de mi tierra. Estuvimos hablando durante mucho rato principalmente de economía y del futuro.
Al terminar, nos sentamos en dos sillones colgantes de bambú. Zhang me dijo:
- A ver enséñame el tatuaje.
- Me levanté, me quité la camiseta blanca y le mostré los caracteres chinos. Él estuvo algunos momentos callado y pensativo. Después cogió su montblanc anotó todo lo que estaba escrito en mi espalda y me comentó:
- Esto es totalmente desconcertante. Estos signos no me son conocidos. Sin duda son grafos chinos, pero no son actuales. No sé si sabes que en China existen muchos dialectos que provienen de una misma raíz madre. Sinceramente no te puedo ayudar Alex, no soy un experto en estos temas.
- Pues estamos listos. ¿Tú no conoces a nadie que me pueda ayudar a descifrar este galimatías?
- Tengo un amigo de la infancia que es profesor de lingüística en la Universidad de Pekín. Mañana mismo le puedo llamar y enviarle por fax estos grafos. Seguro que él me dirá algo. Así que no te preocupes que dentro de algunos días tendremos alguna respuesta.
- Eso espero. Ahora mismo estoy muy perturbado por esta cuestión. Lo que más rabia me da de todo esto, es que no logro acordarme de nada.
- Bueno no te quejes que, a pesar del tatuaje, tuviste una noche de escándalo con mi compatriota.
- Eso es lo único bueno de esa noche.
- Seguimos hablando hasta que el agotamiento pudo con nosotros. Mi amigo se despidió de mí, mientras yo albergaba la esperanza de que el asunto, de mi peculiar tatuaje, se resolviera pronto.
- A los dos días recibí la esperada llamada de mi amigo Zhang.
- - Tengo buenas noticias.
- - ¿Sí? Cuéntame. Soy todo oídos.
- - Lo primero decirte que lo que te han escrito en tu espalda es muy romántico. Significa “Amor eterno”. Todo un detalle. Ahora un poquito de historia. Como te había comentado mi viejo amigo, el Doctor Wǎ lún, ha estado haciendo algunas averiguaciones con algunos de sus colegas que están investigando los orígenes de la escritura china. Estos le han confirmado que ese tipo de pictogramas se corresponden con la dinastía Chang que se desarrolló entre 1600-1046 a. C. Hasta hace bien poco, muchos ponían en tela de juicio la existencia de los Chang pero las últimas excavaciones arqueológicas han venido a demostrar, sin ningún genero de dudas, que existió y con ella las primeras manifestaciones de la escritura que se han encontrado en los llamados huesos oraculares que se utilizaban para predecir el futuro.
- - Muy curioso lo que me cuentas. Pero ¿qué hace un tatuaje de más de mil años en mi espalda? No creo que mucha gente conozca esta escritura.
- Eso es lo primero que me ha preguntado mi amigo. Está igual de sorprendido que nosotros. Me ha dicho que la persona que te escribió el tatuaje conocía perfectamente esa escritura y que él recordaba algún texto de esa época que estaba relacionado con ese “Amor Eterno” pero que no lo recordaba muy bien. Me pidió que le diera unos días para rebuscar en sus documentos y me aseguró que lo encontraría.
- Esto cada día se pone más interesante, amigo. Pues a esperar se ha dicho.
- Lo que está claro es que quien quiera que te hizo eso quería dejarte algún mensaje. Incluso tu linda Pekinesa quería decirte algo y no se le ocurrió mejor forma que un tatuaje.
- Pues me hubiera dejado una notita, me hubiera enterado de la misma forma.
- Ya, pero un tatuaje es para siempre, como el “Amor eterno”. – Dijo en tono burlón.
- Bueno, esperemos acontecimientos. No dejes de llamarme cuando sepas algo.
- Descuida.
Durante el resto de la semana el ajetreo del trabajo no me dejó mucho tiempo para pensar en todo lo que me estaba pasando y el tiempo pasó volando.
El sábado siguiente por la mañana, mi amigo Zhang se presentó en mi casa pasadas las once de la mañana y traía nuevas noticias.
- Alexander hoy he estado hablado por teléfono con el doctor Wǎ lún y me ha comunicado nuevos datos sobre tu tatuaje que te van a sorprender. A mi me ha dejando con la boca abierta.
- ¿Más? Bueno, cuéntame a ver si yo también me sorprendo.
- No te lo vas a creer. A ver por donde empiezo.
- Por el principio, querido, por el principio.
- - Resulta que el Emperador Wǔ Dīng, que reinó durante cincuenta y nueve años, era muy promiscuo y tenía muchas relaciones con concubinas a escondidas de su amante esposa que estaba al corriente de los amoríos del emperador. Una de estas concubinas, Wu Lin, era su preferida, tanto, que reñía en belleza y encantos con la emperatriz. Wǔ Dīng, a medida que transcurría el tiempo, se fue encariñando cada vez más con Wu y pasaba la mayoría de las ocasiones entre sus brazos. La emperatriz comenzó a temer que la joven terminara por conquistar a su marido y la repudiara a favor de su rival. Sin perder mucho tiempo, trazó un plan. Necesitaba por todos los medios quitarse de encima a su competidora. Sabía que Wu entraba y salía de sus propios aposentos como si nada. Ahí estuvo su principal baza. El emperador le había ofrecido como regalo de bodas un colgante de oro y jade que hizo desaparecer. Le comunicó al emperador que la valiosa joya la habían sustraído. La emperatriz buscó la oportunidad para introducir, en los aposentos de Wu, el colgante con la ayuda de otra cortesana. Instó al emperador a buscar el colgante argumentando que seguramente alguna de sus fulanas lo tendría. Tanto insistió que al emperador no le quedó otro remedio que ordenar registrar la estancia de las cortesanas. Como ella esperaba, la alhaja apareció debajo de la cama de Wu. La joven fue llamada por el emperador Wǔ Dīng para que explicara el asunto. Pero su joven amante no dijo nada, porque sabía que no tenía nada que hacer. El emperador ordenó su destierro a Mongolia. La misma noche en que iba a partir, suplicó al emperador verlo por última vez para despedirse. Wǔ Dīng accedió a la petición. La cortesana llevó consigo un potente somnífero, y los utensilios para hacer un tatuaje. Cuando tuvo oportunidad, introdujo el líquido transparente en el licor de uva del emperador. A los pocos minutos quedó profundamente dormido. Sabía que esa era su única oportunidad, y sin perder ni un instante comenzó a hacerle el tatuaje. A la mañana siguiente no había ni rastro de Wu y el emperador se despertó con las palabras “Amor Eterno” grabadas en su espalda.
- Bonita historia. – Manifesté yo.
- Sí, una historia de amor y de celos muy común.
- Ya, pero en mi caso no se trata de una cosa ni de la otra. No hay celos ni hay amor, sino un tatuaje.
- Habría que preguntarle a la chica ¿No crees? Es la única que te puede dar la respuesta a este enigma.
- Ya. Pero tendría que irme a Pekín. Sé que vive en esa ciudad. Pero no tengo ni idea por donde empezar.
- Por el principio, amigo, por el principio. Tienes unos cuantos datos de interés. El primero, que es actriz de un teatro ambulante. Segundo, que tiene los ojos pardos, nada comunes en china y tercero un amigo que conoce a un amigo.
- A ver, ¿A qué amigo te refieres?
- Se llama Lam Thong. Es director de uno de los más prestigiosos teatros chinos de títeres, pero también hace sus pinitos en el teatro y en el cine. Si alguien te puede ayudar a encontrar a esa chica es él. Yo ya me he adelantado a la jugada y le hablé ayer de tu historia y me ha dicho que te espera.
- Tu siempre tan previsor.
- Alex. Sabía que no podías estar sin resolver este asunto. Los amigos estamos para lo que estamos. ¿No crees?
- Claro que lo creo.
A la mañana siguiente estaba de camino al Aeropuerto Internacional de Hong-Kong con destino a Pekín, en busca de la maravillosa Liu.
Al llegar a Pekín, el director Lam Thong me recibió en persona siguiendo la ancestral cortesía china. El director era un hombre pequeño, cejijunto y de aspecto taciturno pero muy hablador. Dominaba perfectamente el inglés y el francés. Me hospedé en su humilde casa, que estaba a las afuera de Pekín. Mientras íbamos del aeropuerto hacia su casa, me comentó que ya había hecho una serie de averiguaciones sobre la chica en cuestión, siguiendo los datos y la descripción de nuestro amigo común y que tenía una pista bastante fiable.
- Hay muy pocas mujeres chinas con los ojos pardos, y además que sean actrices.
- Sí, es una característica poco común por lo que he podido observar.
- Aunque usted no lo crea, los chinos somos muy diferentes. Los occidentales creen erróneamente que todos hemos salido del mismo patrón.
- Los occidentales tendemos mucho a la simplificación y la generalización.
- Cuando lleguemos a mi casa, le expondré los detalles. Mi sobrino le llevará hacia el lugar en el que está la chica y podrá hablar con ella si lo desea.
- Gracias. Espero que sus averiguaciones sean acertadas. Necesito hablar con ella porque me tiene que dar una serie de explicaciones.
- Ya me ha contado algo nuestro común amigo y no deja de ser una historia para llevarla al teatro o al cine.
- Es una historia muy cinematográfica.
- Ya lo creo.
El día siguiente el viejo Lam tenía preparado un agradecido desayuno. Nos acompañó su sobrino que sería el que haría de guía para encontrar a Liu.
- Lo que sabemos de esta chica es que es la prometida de un miembro destacado del Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista Chino.
- Pero…
- Algunas familias chinas comprometen a sus hijas para el matrimonio desde muy pequeñas. Este es el caso de Liu. Cada vez menos se utiliza este forma de casarse, pero hay familias que siguen usando esta formula tradicional. Para los chinos el matrimonio es muy importante.
Me quedé sorprendido por lo que había escuchado. Mi amigo solo había contado una parte de la historia, la que estaba relacionada con el tatuaje pero no había dicho nada sobre la noche de pasión.
- Por lo visto – continúo el director- quieren celebrar la boda en día anterior a la entrada del año nuevo chino. El novio tiene muchas expectativas en esa boda que puede convertirse en el acontecimiento del año. El, es una figura ascendente dentro del aparato del partido, es joven y ambicioso. Dos cualidades muy importantes para llegar lejos en el Partido Comunista.
- Ahora entiendo menos lo que me ha ocurrido. No entiendo nada, nada.
- Seguramente la señorita Liu tampoco lo entiende. Pero tiene que seguir el juego si quiere vivir tranquila. No le queda otro remedio.
- Pero si no quiere casarse, pues que no lo haga.
- Es fácil decirlo, pero muy complicado llevarlo a la práctica. Ella está atrapada por dos fuerzas muy potentes en China; la tradición y el Partido.
- No es complicado.
- Usted no tiene ni idea de lo que está diciendo. Déjelo estar y no tendrá problemas. Si quiere hablar con ella, inténtelo. Seguro que lo hará, pero no vaya más allá porque ella no le acompañará.
Me mantuve en silencio mientras desayunaba al mismo tiempo que pensaba en todo lo que me había dicho.
Después salí acompañado del sobrino del director Lam. Recorrimos las calles de Pekín sorteando una infinidad de bicicletas que abarrotaban las calles. Le indiqué a mi acompañante que subiéramos al metro, pero me comentó que era de uso exclusivo para los empleados públicos. No salía de mi asombro. De tal manera que nos subimos a una maltrecha guagua a codazo limpio para dirigirnos al centro de la ciudad en busca del pequeño teatro en el que trabajaba Liu. Nos demoramos casi cuarenta y cinco minutos para llegar a nuestro destino. Al bajar del autocar caminamos algunas manzanas hasta estar delante de un pequeño edificio gris que estaba pidiendo a gritos una buena limpieza y una mano de pintura. El joven me dijo que sobre la una y media la chica saldría, que tenía que irse y que volvería a buscarme a las cuatro de la tarde en este mismo sitio. Para hacer tiempo, ya que por mi reloj eran las once y media, di un paseo por los alrededores. A la una ya estaba frente al teatro. Al poco de estar allí comenzaron a salir un grupo de personas. Yo me acerque lo más que pude. Algunos se quedaron observando, algo extrañados de ver a un pelirrojo extranjero esperando delante de su teatro. Al cabo de unos minutos la vi salir sonriendo y parloteando con sus amigas. Al verme se detuvo, me miró fijamente con sus preciosos ojos pardos y me sonrió. Les comentó algo a sus amigas y se dirigió hasta donde yo estaba.
- ¿Necesitas una explicación supongo?
- Supones bien. -Dije en tono de enfado- llevo un tatuaje en mi espalda y me gustaría saber porque me lo han hecho.
- Es una prueba de amor.
- ¡Una prueba de amor!
- Sí.
- ¿Te quieres explicar? Porque por mucho que le doy vueltas no lo entiendo.
- Demos un paseo. Mucha gente me conoce por aquí y no quiero problemas.
- De acuerdo paseemos.
- Cuándo nos conocimos aquel viernes no pensaba tener nada contigo, solo quería jugar un poco con un extranjero. Pero cuando nos besamos en aquel callejón oscuro, mi cuerpo se estremeció como jamás antes lo había hecho. Entonces lo supe y lo sé ahora. Eres mi hombre y yo soy tu mujer, pero con una terrible realidad, no podemos estar juntos.
- No te entiendo Liu.
- Piensa un poco Alexander. ¿Habías sentido alguna vez lo que sentiste aquella noche conmigo? ¿Alguna mujer te ha besado como yo? ¿Has dejado de pensar en mi algún día desde entonces? ¿Por qué estás aquí, por el tatuaje o porque querías verme?
- En verdad, no. Y tienes razón en todo lo que dices. Tenía muchas ganas de verte y he pensado en ti todos los días desde que nos vimos. Pero ¿Por qué ese tatuaje tan particular relacionado con una historia tan poco conocida?
- - Veo que ya conoces el origen del tatuaje. Pero la historia es tan sencilla como el amor, Alex. Conocí la leyenda de Wu Lin durante mis estudios de teatro, cuando asistí a una representación de una compañía de teatro con títeres. Me atrajo mucho esa historia de amor y de celos. Sobré todo la valentía de Wu para irse, dejándole una prueba de amor tan particular. Hasta el momento que te conocí, no le había dado tanta importancia a la leyenda de la concubina. Pero en cierta medida yo soy Wu Lin. La noche que nos encontramos, como ya te dije, supe que eras la persona con la que quería compartir mi vida, pero era del todo imposible porque ya estoy comprometida y antes de que acabe el año estaré casada con un hombre al que no quiero y con el que pasaré el resto de mi vida. Como le ocurrió a ella, me obligan a renunciar al amor. Te hice el tatuaje como prueba de mi amor, así de sencillo Alexander.
- No tenía ni idea de tus sentimientos hacia mí. Pensaba que solo fue una noche loca de amor y sexo y que lo del tatuaje había sido una broma pesada.
- Si pudiera parar el mundo y bajarme para irme contigo, lo haría, pero la realidad es la que es y es imposible cambiarla.
- Nada es imposible.
- Cuando vives en China si, Alex.
- Pero...
- Yo te recordaré toda la vida porque esa noche te entregué lo mejor de mí. Yo también me hice el mismo tatuaje. Es más, tú llevas mi sangre dentro de ti y yo llevo la tuya. El tatuador mezcló la tinta con nuestra sangre.
- ¿Por qué no te escapas y te vienes conmigo?
- No llegaríamos muy lejos. Yo estoy atrapada pero siempre me quedaras tú. Lo mejor es seguir con ese recuerdo de aquel increíble fin de semana. Ahora tienes que irte. ¿Ves aquel coche negro que está en la esquina? Es mi prometido que ha venido a buscarme. No me gustaría que te vieran conmigo, tendrías muchos problemas.
- ¿Algún día volveremos a vernos?
- Quien sabe. Pero una vez que me case será muy difícil salir de Pekin. Pero si alguna vez salgo, no dudes que te buscaré como una gata en celo.
- Yo estaré esperándote Liu.
- No, no me esperes. Adiós Alexander.
- Adiós Liu.
La vi como se alejaba para siempre, calle abajo, en busca de un futuro totalmente incierto. Durante todo el tiempo que estuve en Pekín, mantuve la esperanza de volver a ver a Liu. Pero nunca volví a saber de ella. Solo me quedó su recuerdo en forma de tatuaje. Ahora que miro a la muerte a los ojos, y ronda mi calle como una carroñera, recuerdo, como si fuera ayer, aquellos increíbles ojos pardos que me hicieron perder la cabeza por una noche.
Yo estaba destinado en Hong Kong como representante de una naviera multinacional inglesa, llamada Hamilton & Asociados. Por aquel entonces, rondaba los veinticinco años. Tuve la suerte de ser el nieto de un importante comerciante irlandés que se afincó en Las Palmas de Gran Canaria a principios del siglo XIX.
Mi abuelo, Ralf O`Dumbay, llegó a Gran Canaria con lo puesto, huyendo de la represión inglesa y del hambre. No tardó en caer en la cuenta que el incipiente fondeadero de las Isletas, sería un gran puerto en el tráfico y comercio internacionales. Él me contó que, al mes de llegar, estuvo medio día viendo como entraban y salían los barcos de la bahía de las Isletas, y que la mayoría fondeaba cerca del naciente muelle de Santa Catalina. Lo vio claro. Destinó todos sus recursos financieros a forjar la idea que tenía en la cabeza: montar un negocio dedicado al avituallamiento de buques que iban de camino a Las Américas.
El conocimiento del inglés fue la piedra angular del arranque de su negocio. Le permitió, en primer lugar, relacionarse con todas las navieras más importantes que operaban en el Puerto que estaban bajo el control de los ingleses y segundo, hablar con todos los capitanes que llegaban a Las Isletas, que la mayoría o lo hablaban o lo chapurreaban. Al principio, tuvo algunos problemas con la relación con los ingleses porque recelaban de un irlandés, pero con el tiempo se dieron cuenta que mi abuelo tenía madera para los negocios y que se dejaba la piel en el trabajo.
Con el paso de los años compró un pequeño terreno en el Istmo de Guanarteme, donde sólo había diez casas mal contadas, en las que vivían un grupo de pescadores. Todos le dijeron que estaba loco, pero él contaba con información privilegiada e importante. Sabía que en unos años harían una carretera en condiciones que sustituiría al camino de cabras que existía por aquel entonces y que conectaría el puerto con la ciudad. Conocía, porque lo había oído en multitud de conversaciones entre los ingleses, que un diputado nacional, llamado León y Castillo, tenía un proyecto para construir un gran puerto en la Bahía de Las Isletas.
Con trabajo duro, mi abuelo fue construyendo su pequeña empresa. Contó, en los primeros años, con dos botes de vela latina de seis metros de eslora por uno y medio de manga. Él me relató que, en los primeros cinco años, la mayoría de los días tenía que embarcarse junto con los cinco marineros, que cobraban en función de lo que fueran capaces de negociar. Ellos contaban con una ventaja sobre el resto de la flota de botes que trabajaban en la bahía y era, que ellos tenían su base de operaciones en el mismo Istmo. Siempre había un marinero atento, día y noche, a las campanadas del vigía que estaba en la montaña de Las Isletas. Cuando sonaba la campana, salían como a toda velocidad en busca del buque que entraba. De esta manera, mi abuelo se fue haciendo con el suficiente dinero para ir creciendo económicamente, ir incrementando la flota y dándole forma a su sueño. Cuando en 1861 terminaron la carretera que conecta la bahía con la ciudad, mi abuelo adquirió una tartana tirada por dos mulas para transportar a los pasajeros y equipajes al centro de la ciudad.
Había días en que era casi imposible atracar en el Muelle de Las Palmas, y todas las embarcaciones buscaban refugio en el seguro fondeadero. En estos días, la actividad se multiplicaba por tres y los trabajadores no tenían casi descanso llevando y trayendo personas, mercancías y víveres.
Fueron muy famosos los boteros de la compañía de mi abuelo que, en los años treinta del siglo XX, competían, con el bote denominado Agustín en las fiestas de la ciudad. Posteriormente se enrolarían en el bote Minerva para competir en el primer Campeonato organizado por la Sociedad Deportiva Ahemón, ganando dos campeonatos.
Después conoció a mi abuela, que procedía de la ciudad de Telde en Gran Canaria, con la que contrajo matrimonio, fruto del cual, nacieron dos niños y una niña.
Desde muy pequeño estuve relacionado con el mundo de los negocios y aprendí directamente de mi abuelo y de mi padre cada uno de los entresijos del mercado internacional. Mi inglés era casi perfecto y lo potencié en el colegio inglés durante toda mi etapa escolar y lo practicaba diariamente con mi abuelo, aunque él se esforzaba en que también aprendiera el gaélico, pero al final desistió de su empeño. Yo era su nieto preferido, quizás porque era el único, de sus diez nietos, que se pasaba las horas muertas escuchando su vida y milagros en el mundo de los negocios.
Al terminar mis estudios superiores, mi abuelo movió Roma con Santiago para buscarme un puesto en Hamilton y Asociados cuyo socio mayoritario le debía algún que otro favor importante. Siempre decía, como buen irlandés, “que los favores, si se puede, hay que hacerlos, pero nunca hay que olvidar de cobrarlos”.
Así ingresé en una de las compañías navieras con más renombre del mundo. Estuve algunos años desarrollando trabajos básicos relacionados con la administración de los fletes y control marítimo. Pero con el tiempo, me fui ganando la confianza de los jefes que me fueron dando cada día más responsabilidades, hasta llegar con veinticinco años a ser el Director Adjunto para Asia.
De esta manera pasaba gran parte del año en Hong Kong, donde la compañía poseía una de las cuatro sedes que tenía repartidas por el mundo. Regresaba a Gran Canaria dos veces al año, en verano y en Navidad, porque el resto del año estaba trabajando sin parar para sacar adelante todos los proyectos y solucionando, todos y cada uno de los contratiempos que la compañía pudiese tener en Asia. Sobre mis espaldas recaía gran parte del peso de la compañía, porque aunque yo era Director Adjunto y se suponía que el Director era quien llevaba la voz cantante. Mas pronto que tarde, todos cayeron en la cuenta de que yo era el hombre con quien había que hablar para solucionar los conflictos o abrir las puertas a algún nuevo mercado. Esta situación no era ajena al conocimiento del Director, que estaba muy a gusto con el “estatus quo” de la empresa en los Mares del Sur de China.
Mi vida transcurría entre barcos y papeles, tenía poco tiempo para la diversión y el ocio, aunque siempre dejaba algún fin de semana para dar rienda suelta a las hormonas que durante el resto de la semana estaban cubiertas de papeles y de problemas.
Hong Kong siempre ha sido una ciudad increíble y espectacular desde cualquier punto de vista. La primera vez que pisé sus calles en el año 1968 quedé absolutamente impresionado por la multitud de personas que iban de un lado para otro por mar, tierra y aire. El primer día comprendí porqué Hamilton & Asociados había pagado un precio muy alto por tener una representación aquí: en esta ciudad se hacían la mayor parte de las transacciones comerciales de Asia.
Los ingleses se empeñaban en poner de manifiesto, día tras día, que Hong Kong pertenecía, por derecho propio, a la Corona Británica. Pero todos sabíamos, que, con el paso de años, China volvería a recuperar la soberanía sobre este trozo de tierra que valía su peso en oro. China, que por aquellos años estaba inmersa en la Revolución Cultural de Mao, ya había puesto los cimientos socioeconómicos que la convertirían en la potencia mundial que es hoy en día.
Los diez años que estuve en esta colonia Británica, viví en una parte de la ciudad en la que mayoritariamente residían los altos directivos de las empresas multinacionales. Después de buscar mucho, elegí una pequeña casa de estilo colonial que estaba cerca del mar. Siempre he pensado que una de las razones por la que me mantuve tanto tiempo en esta ciudad asiática fue porque cada día desayunaba disfrutando y deleitándome viendo el mar. Contemplaba con goce como los cientos de veleros chinos atravesaban las aguas turquesas del Mar del Sur de China y como competían con los grandes barcos de hierro y acero que iban en busca de lejanas rutas comerciales.
Esta intensa historia empezó en el tórrido verano de 1969 cuando, un viernes, salí de mi despacho con la idea de cenar algo por los alrededores. No solía hacer eso, porque casi todos los viernes tenía compromiso para ir a cenar con algún cliente y muy rara vez, con un viejo amigo. Recorrí las atestadas calles de la ciudad. Había dejado el traje de chaqueta y corbata en el ropero de mi despacho y me había puesto una camiseta de Chuck Berry, un raído vaquero Levis Strauss y me había calzado unas Adidas blancas. Ese día necesitaba escabullirme de todo el ajetreo de la compañía y mezclarme entre las gentes de Hong Kong. Poco a poco me fui alejando del centro neurálgico de la ciudad y cuando me quise dar cuenta, ya estaba inmerso entre multitud de olores a especias y a comida china. El inglés brillaba por su ausencia, no tenía ni idea de lo que estaban hablando los hongkoneses. Todo era un batiburrillo de sonidos que hasta ese momento me parecían totalmente desconocidos.
El hambre me estaba enviando señales inequívocas a mi cerebro y este se las quitaba de encima trasladándoselas a mi estómago. No tardé mucho en entrar a un tugurio que hacía las veces de restaurante para saciar mi gazuza. Los olores a fideos con arroz con curry, a Hui Guo Rou (estofado de cerdo con ajo), Man Tou (Pan de ajo) y la sabrosa sopa de anguila, llenaban todo el salón que estaba repleto de nativos. Rápidamente, por comparación, me vinieron a mi cerebro las imágenes de los suntuosos restaurantes cantoneses de primera categoría en los que por mucho dinero podrías comer casi lo mismo.
Me senté en el primer lugar que encontré libre. Era un rinconcito con una pequeña mesa, rodeado por dos o tres familias que compartían los mismos platos que eran atacados con avidez con los típicos palillos chinos.
Llamé a la camera con un gesto. No tardó mucho en estar a mi lado. En inglés le dije:
- Quiero sopa de anguila y estofado de cerdo con algo de arroz.
La joven se quedó mirando a mis ojos fijamente y con un gesto de desconcierto me hizo entender que no me entendía. Miró a su alrededor como buscando a alguien. Dio un grito inteligible y a los pocos minutos estaba junto a mí un enjuto camarero que me preguntó en un imperfecto inglés:
- ¿Qué quiero comer usted?
- Algo de sopa de la casa. Cerdo estofado con un poco de arroz.
- Tenemos una sopa de huevos con verduras que estaba muy buena. El cerdo estofado se nos ha acabado. Pero le poder ofrecer cerdo asado con curry y arroz con verduras.
- Pues tráigame la sopa de huevos y el cerdo asado con arroz.
El pequeño camarero se perdió por el fondo del pequeño restaurante. Mientras, yo observaba el pequeño mundo que se levantaba ante mí. Todo me parecía nuevo y extraordinario.
Durante la espera, observé a una joven china. Tenía apenas veinte años. Nuestras miradas se cruzaron en más de una ocasión. Parecía una muñeca de porcelana. Estaba sentada junto a otras tres chicas que parecían formar parte de algún grupo de estudiantes universitarias. Quedé cautivado por la hermosura de aquella chica. Su piel era muy blanca que contrastaba con el negro azabache de su cabello. Sus ojos eran pardos, un color nada común por aquellas tierras que indicaba un cruce de sus antepasados con algún extranjero. Su cuerpo sobresalía entre resto de sus amigas, porque era mucho más alta, más atractiva y altiva.
El pequeño camarero me sacó de la ensoñación en que estaba sumergido y me devolvió a la cruel realidad.
Comencé a saborear la sopa, al tiempo que, entre cucharada y cucharada, echaba una mirada a mi admirada. Todas sus amigas empezaron a murmurar y a sonrerir al percatarse de mi interés por su amiga que no dejaba de mirarme con sus ojos felinos.
El segundo plato no tardó en llegar. Ya había dado buena cuenta de la bebida y sobre la marcha, pedí al camarero un poco más. Ya había terminado de cenar y mi única compañía era la pequeña botella de shaojiu, un licor chino transparente y los ojos de la hermosa pekinesa.
Sin perder mucho tiempo me levanté y me dirigí hacia el lugar en la que estaba la dulce muñeca. El ímpetu de mis veinticinco años, la locura de las hormonas y el shaojiu hicieron el resto.
Al poco rato ya estaba sentado en la mesa con las cuatro muchachas que resultaron no ser estudiantes, sino actrices de un teatro chino ambulante que había hecho una pequeña escala en Hong Kong de camino a Pekín.
Todas habían caído en la cuenta que yo perdía el sentido por su amiga. Ella se llamaba Liu y era la actriz principal en un teatro ambulante de Beijing cuya misión primordial era la de potenciar la cultura china en las distintas ciudades siguiendo, a raja tabla, las directrices Culturales de Mao.
Entre tanto, yo había pedido dos o tres jarras más de shaojiu, que ya estaba haciendo sus efectos. Todos bebimos con gran entusiasmo hasta que el camarero nos dijo que ya era hora de irse.
Le pregunté a Liu si conocía algún lugar donde seguir la fiesta. Todas se quedaron mirándome y murmuraron durante unos instantes, hasta que una de ellas dijo que ya era demasiado tarde y que tenían que irse.
En ese mismo momento Liu hizo un comentario en Mandarín a sus amigas que no acerté a traducir pero pronto supe a que se refería. Las tres amigas se levantaron y ella se quedó sentada mirándome con sus grandes ojos pardos y me dijo con una amplia sonrisa:
- Yo me quedo.
Para mí fue una agradable sorpresa. Yo espera que esta doncella de marfil siguiera los pasos de sus jóvenes amigas, pero decidió quedarse siguiendo unos designios que me eran totalmente desconocidos.
Yo me quedé perdido en sus maravillosos ojos pardos hasta que ella alargo su mano derecha y cogió la mía y me comentó:
- Parece que tenemos lo que queda del día para nosotros
- Eso parece. – Dije con turbación.
Mi experiencia con las mujeres había sido escasa. Dos o tres escarceos amorosos que habían terminado, en alguna ocasión, en la culminación de la cúpula que se caracterizaba por el peso de la inexperiencia y mi bisoñez.
Liu se levantó. Llamé al camarero y pagué la cuenta de las chicas y la mía. Me cogió de la mano y nos perdimos en las calles de los suburbios de Hong Kong. En un momento dado, y en medio de una multitud, se detuvo y me llevó hasta un callejón poco iluminado. Me miró fijamente con sus ojos de felina al tiempo que acercaba lentamente sus labios. Pude sentir que el corazón comenzaba a latirme con fuerza y las rodillas me temblaban sin remedio. Sentí como sus cálidos labios rozaban los míos y como su lengua buscaba la mía y se introducía en mi boca como una serpiente sedienta. Sin darme cuenta me vi abrazado a Liu, besándonos locamente como si fuera el último día. Mis manos recorrieron sus pechos y se deslizaron hacia su entrepierna. Pude sentir el calor que salía de su vagina y mi dedo índice recorría con lujuria los labios vaginales. Ella de un movimiento pélvico, pegó su cadera a la mía y percibí como mi falo se acoplaba con su entrepierna. En un momento ella se detuvo, me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- Me temo que necesitamos un lugar más confortable. Estoy muy excitada y necesito sentirte dentro de mí.
Yo la miré sin decir nada y la seguí como un sonámbulo perdido en la noche. Aproximadamente a los diez minutos estábamos frente a un gran hotel. Ella me dijo:
- Entra y regístrate. Yo vengo en seguida. Esta noche será especial e inolvidable para los dos.
Sin hacer ninguna pregunta, me dirigí al hotel. Me registré como el matrimonio O`Dumbay. Entregué mi pasaporte, dije que pronto vendría mi mujer y que la reconocerían rápidamente porque tenía unos maravillosos ojos pardos.
A la media hora tocó en la puerta de la habitación, entró con una amplia sonrisa dibujada en su rostro y con una botella que contenía un líquido celeste. Me miró desde la cómoda mientras escanciaba el brebaje en dos pequeños vasos de cristal. Me ofreció uno. Me lo acerqué a la nariz para poder oler su esencia. El olor era indefinible, pero tenía un ligero matiz a hierbas. Se lo bebió de un trago y yo hice lo propio. Tenía un sabor muy peculiar. No tenía nada de alcohol, pero con un imperceptible dejillo ácido. Me levanté y fui hacia ella. Me ofreció otro trago. Esta vez yo fui el primero en beberme de un golpe la pócima. Comencé a sentir una especie de euforia y a ella los ojos le brillaban de una forma que nunca había visto en ninguna mujer. Se me acercó, me besó con arrebato, recorriendo con frensí cada poro de mis labios y jugando con mi lengua de manera frenética. Mientras me besaba, sus manos no dejaban de tocarme. Recorría todo mi cuerpo como una experta amante. Me levantó la camiseta y empezó a lamerme los pezones. Desabrochó el botón de mi lewis, metió su mano dentro de mis calzoncillos y pude sentir como su cálida mano apretaba mi pene con fuerza. Cuando lo cogió, sus besos se hicieron más intensos. Estaba muy excitado y me dejaba hacer, hasta que mis hormonas reventaron. Me despegué de ella, le di la vuelta, la coloqué de espaldas a mí y me pegué a ella. Le levanté el cabello y comencé a besarle el cuello con delicadeza. Mis manos acariciaron sus jóvenes y perfectos pechos. Le pellizqué sus pezones al tiempo que le levantaba la falda, le bajaba las bragas color turquesa y se las quitaba. La llevé hacia la cama y con un leve pero rápido movimiento, la incliné hacia delante dejando al aire su voluptuoso trasero y su apetitosa vagina. Me arrodillé ante el imperio del placer y me perdí durante unos minutos saboreando los jugos de su pasión irrefrenable. Sentía como todo su cuerpo se estremecía con cada moviendo de mi lengua y sus gemidos entonaban palabras en mandarín que yo no entendía. Al poco, ella giró sobre si misma, se arrodilló ante mí, me miró un instante, me bajó los pantalones hasta los tobillos y me los quitó con rabia. Comenzó a lamer la punta de mi miembro como si estuviera chupando un helado de fresa. Poco a poco, fui sintiendo como se lo introducía en su boca y jugueteaba haciendo maravillas con su lengua. La excitación era tal que el corazón se me iba a salir del pecho. Sentía la fuerza y la fogosidad con la que Liu me hacía una increíble felación. Por una razón, que aún no llego a comprender, llegaba continuamente a un climax de placer indescriptible pero sin llegar en ningún momento a eyacular.
Nos vimos tumbados sobre la alfombra del espacioso salón de la habitación del hotel. Liu se tiró sobre mí como una pantera, me besó con más ímpetu, agarró mi miembro, que estaba duro como una barra de hierro y se lo introdujo en su empapada vagina. Movía las caderas con una perfección que me hacía enloquecer. Ella gritaba y gemía de placer como si hubiera descubierto por primera vez las sensaciones y la locura del sexo. Nos perdimos durante horas entre los aromas del placer que emanaban del torrente del sexo hasta caer totalmente agotados.
A la mañana siguiente me levanté. No había ni rastro de Liu por ningún lado. Solo tenía flashes inconexos de la alborotada y maravillosa noche.
Me vestí con tranquilidad. Sentí un ligero escozor en la espalda, pero no le dí mayor importancia. Llamé al servicio de habitaciones y pedí que me subieran el desayuno. Tenía mucha hambre.
Al bajar a la recepción, solicité la cuenta. Me detuve un minuto a examinar la factura con detalle y le pregunté al Jefe de Recepción por qué me habían facturado dos noches cuando solo había estado una. El recepcionista me miró con cara de incredulidad y me expuso con rostro severo:
- Señor, en nuestro hotel no tenemos por costumbre la picaresca y el engaño. Usted llegó al hotel el viernes y se va el domingo. Dos noches, ni una mas ni una menos.
- ¡Dos noches! – Le espeté con recelo- No es posible que yo haya estado dos noches y que no lo recuerde.
- Vamos a ver señor. Usted y su “mujer” -dijo arrastrando las sílabas- han pasado un fin de semana de escándalo. Hemos tenido quejas de algún cliente que hemos resuelto aludiendo que eran recién casados.
- Pero…
- Además veo que no recuerda que ayer sábado por la noche salió con su “mujer” y volvió con algunos amigos más y por lo visto la fiesta duró hasta altas horas de la madrugada.
Pagué la cuenta sin hacer ningún comentario y salí a la calle en busca de un poquito de aire fresco, pero me encontré con el bochorno típico de los veranos asiáticos.
Detuve un taxi a la primera oportunidad que tuve y me condujo con paciencia por todo el entramado de calles atestadas de gente y de coches. Aquí solo los occidentales descansábamos los domingos. Durante el recorrido intenté hacerme una idea de lo que había pasado. Lo único que recordaba con claridad eran los ojos y el cuerpo ardiente de mi amante, sus delicadas palabras y su pasión.
Al llegar a mi casa encontré a mi ama de llaves con cara de preocupación, que se disipó cuando le expliqué que había estado de viaje por un asunto de negocios. Necesitaba darme una ducha porque estaba empapado en sudor debido a la altísima humedad que reinaba en el ambiente. El agua caliente alivió algo mi desasosiego. Me puse el albornoz y me dirigí a mi habitación. Me disponía a ponerme algo ligero para dar un paseo cuando sentí un leve escozor a la altura de mi omóplato. Me quité el albornoz y vi con claridad un tatuaje con caracteres chinos. No recordaba el momento en que me lo había hecho y con un grito llamé rápidamente a Tsena. Ella se giró automáticamente al verme en calzoncillos pero yo le dije que se tranquilizara y le pregunté mientras le daba la espalda:
- ¿Me puedes decir que significado tiene este tatuaje?
- No lo sé señor. Es chino, pero debe ser muy antiguo, porque no logro saber que dice.
- ¿Cómo que muy antiguo?
- Si. Yo no tengo estudios señor, pero le aseguro que no es chino actual.
- ¿Quién me puede decir qué dice?
- No tengo ni idea señor. Usted tiene muchos amigos. - Dijo marchándose y dejándome con la palabra en la boca y un poco abrumada.
Me quedé durante un tiempo sentado en la cama analizando con detenimiento los extraños caracteres que alguien había escrito en mi espalda.
El lunes me levanté con la imagen de la tierna Liu. Había estado soñando toda la noche con sus maravillosos ojos pardos y su voluptuoso cuerpo. Cuando llegué a mi despacho, telefoneé a mi amigo Zhang, un pekinés afincando en Hong Kong que era un influyente broker que estaba muy bien relacionado.
- Hola Zhang.
- Hola Alexander ¿Cómo va el comercio internacional?
- ¿Y me lo preguntas tú?
- ¿No tienes alguna información interesante que deba saber?
- Sabes que si la tuviera te hubiera llamado.
- ¿Y no me has llamado para eso?
- No...A ver por donde empiezo.
- Pues por el principio como todo mundo.
- Bueno. El pasado fin de semana salí a relajarme un poco y terminé liándome con una preciosa pekinesa. Hasta ahí todo perfecto, pero me dejó un regalito que no entiendo.
- ¿Un regalo? ¿Qué clase de regalo?
- Un tatuaje.
- ¿Un tatuaje?
- Sí. Son unos caracteres chinos. Mi asistenta me ha dicho que deben de ser antiguos porque ella no los entiende.
- Por lo que me estás contando no recuerdas cuando te lo hicieron ¿verdad?
- No. No tengo ni idea. Tengo una laguna de casi veinticuatro horas en las que no sé lo que he hecho.
- Uff, suena extraño Alex. Muy extraño.
- Joder, no me asustes.
- No te asusto. Pero me resulta bastante insólito que conozcas a chica una noche, te haga un tatuaje y que no recuerdes nada de nada.
- Eso es lo que me tiene confundido. Solo recuerdo a la chica. Me gustaría que me dieras tu opinión del tatuaje sobre el terrero.
- Ok. ¿Qué te parece si me paso esta noche por tu casa, me invitas a una buena cena y lo vemos?
- Perfecto. Te haré unas papitas arrugas con mojo y queso de mi tierra como entrantes y luego un caldido de pescado con gofio.
- Tú siempre con tu comida Canaria.
- No se pueden olvidar las raíces, Zhang, el que las pierde está muerto. Además sé que te encanta todo lo que hago.
- Siiii, sobre todo las papas arrugas con mojo.
- Pues nada. Te dejo con la locura de la bolsa. Yo tengo dos o tres reuniones para terminar de cerrar dos transacciones muy importantes.
- Hasta después Alexander.
- Hasta después Zhang.
Cuando colgué, tuve un regusto amargo. Porque, como había planteado mi amigo, resultaba bastante singular todo lo que había ocurrido. Intenté dedicarle unos minutos a reflexionar, pero la realidad del día a día, cayó sobre mí y me aplastó como un gusano.
Dejé las oficinas de la compañía cuando pasaban las seis de la tarde. Anteriormente había llamado Tsena, mi ama de llaves, para que me fuera preparando los ingredientes de la cena. Ella tenía mucha experiencia en la preparación de las papas arrugadas pero a mí me gustaba dedicarle tiempo cuando se trataba de preparar comida Canaria para un invitado. De alguna forma me acercaba a la tierra que tanto añoraba.
El broker fue puntual como siempre. Rara vez verás a un chino llegar tarde a una cita.
Lo recibí en la puerta y después de darme un fuerte abrazó me dijo:
- Tengo mucha curiosidad por todo lo que me has contado del tatuaje.
- No he tenido mucho tiempo para pensar en ello. Ha sido un día de perros. No he parado ni siquiera para almorzar. Así que tengo un hambre de caballo.
- Pues mejor. Primero lo primero, querido Alexander. Así que a comer.
Nos dirigimos hacia la parte de atrás de mi casa donde había un amplio patio que tenía unas magníficas vistas del puerto de Hong Kong.
Ya tenía toda la comida preparada cuando nos sentamos. Dimos buena cuenta de los manjares de mi tierra. Estuvimos hablando durante mucho rato principalmente de economía y del futuro.
Al terminar, nos sentamos en dos sillones colgantes de bambú. Zhang me dijo:
- A ver enséñame el tatuaje.
- Me levanté, me quité la camiseta blanca y le mostré los caracteres chinos. Él estuvo algunos momentos callado y pensativo. Después cogió su montblanc anotó todo lo que estaba escrito en mi espalda y me comentó:
- Esto es totalmente desconcertante. Estos signos no me son conocidos. Sin duda son grafos chinos, pero no son actuales. No sé si sabes que en China existen muchos dialectos que provienen de una misma raíz madre. Sinceramente no te puedo ayudar Alex, no soy un experto en estos temas.
- Pues estamos listos. ¿Tú no conoces a nadie que me pueda ayudar a descifrar este galimatías?
- Tengo un amigo de la infancia que es profesor de lingüística en la Universidad de Pekín. Mañana mismo le puedo llamar y enviarle por fax estos grafos. Seguro que él me dirá algo. Así que no te preocupes que dentro de algunos días tendremos alguna respuesta.
- Eso espero. Ahora mismo estoy muy perturbado por esta cuestión. Lo que más rabia me da de todo esto, es que no logro acordarme de nada.
- Bueno no te quejes que, a pesar del tatuaje, tuviste una noche de escándalo con mi compatriota.
- Eso es lo único bueno de esa noche.
- Seguimos hablando hasta que el agotamiento pudo con nosotros. Mi amigo se despidió de mí, mientras yo albergaba la esperanza de que el asunto, de mi peculiar tatuaje, se resolviera pronto.
- A los dos días recibí la esperada llamada de mi amigo Zhang.
- - Tengo buenas noticias.
- - ¿Sí? Cuéntame. Soy todo oídos.
- - Lo primero decirte que lo que te han escrito en tu espalda es muy romántico. Significa “Amor eterno”. Todo un detalle. Ahora un poquito de historia. Como te había comentado mi viejo amigo, el Doctor Wǎ lún, ha estado haciendo algunas averiguaciones con algunos de sus colegas que están investigando los orígenes de la escritura china. Estos le han confirmado que ese tipo de pictogramas se corresponden con la dinastía Chang que se desarrolló entre 1600-1046 a. C. Hasta hace bien poco, muchos ponían en tela de juicio la existencia de los Chang pero las últimas excavaciones arqueológicas han venido a demostrar, sin ningún genero de dudas, que existió y con ella las primeras manifestaciones de la escritura que se han encontrado en los llamados huesos oraculares que se utilizaban para predecir el futuro.
- - Muy curioso lo que me cuentas. Pero ¿qué hace un tatuaje de más de mil años en mi espalda? No creo que mucha gente conozca esta escritura.
- Eso es lo primero que me ha preguntado mi amigo. Está igual de sorprendido que nosotros. Me ha dicho que la persona que te escribió el tatuaje conocía perfectamente esa escritura y que él recordaba algún texto de esa época que estaba relacionado con ese “Amor Eterno” pero que no lo recordaba muy bien. Me pidió que le diera unos días para rebuscar en sus documentos y me aseguró que lo encontraría.
- Esto cada día se pone más interesante, amigo. Pues a esperar se ha dicho.
- Lo que está claro es que quien quiera que te hizo eso quería dejarte algún mensaje. Incluso tu linda Pekinesa quería decirte algo y no se le ocurrió mejor forma que un tatuaje.
- Pues me hubiera dejado una notita, me hubiera enterado de la misma forma.
- Ya, pero un tatuaje es para siempre, como el “Amor eterno”. – Dijo en tono burlón.
- Bueno, esperemos acontecimientos. No dejes de llamarme cuando sepas algo.
- Descuida.
Durante el resto de la semana el ajetreo del trabajo no me dejó mucho tiempo para pensar en todo lo que me estaba pasando y el tiempo pasó volando.
El sábado siguiente por la mañana, mi amigo Zhang se presentó en mi casa pasadas las once de la mañana y traía nuevas noticias.
- Alexander hoy he estado hablado por teléfono con el doctor Wǎ lún y me ha comunicado nuevos datos sobre tu tatuaje que te van a sorprender. A mi me ha dejando con la boca abierta.
- ¿Más? Bueno, cuéntame a ver si yo también me sorprendo.
- No te lo vas a creer. A ver por donde empiezo.
- Por el principio, querido, por el principio.
- - Resulta que el Emperador Wǔ Dīng, que reinó durante cincuenta y nueve años, era muy promiscuo y tenía muchas relaciones con concubinas a escondidas de su amante esposa que estaba al corriente de los amoríos del emperador. Una de estas concubinas, Wu Lin, era su preferida, tanto, que reñía en belleza y encantos con la emperatriz. Wǔ Dīng, a medida que transcurría el tiempo, se fue encariñando cada vez más con Wu y pasaba la mayoría de las ocasiones entre sus brazos. La emperatriz comenzó a temer que la joven terminara por conquistar a su marido y la repudiara a favor de su rival. Sin perder mucho tiempo, trazó un plan. Necesitaba por todos los medios quitarse de encima a su competidora. Sabía que Wu entraba y salía de sus propios aposentos como si nada. Ahí estuvo su principal baza. El emperador le había ofrecido como regalo de bodas un colgante de oro y jade que hizo desaparecer. Le comunicó al emperador que la valiosa joya la habían sustraído. La emperatriz buscó la oportunidad para introducir, en los aposentos de Wu, el colgante con la ayuda de otra cortesana. Instó al emperador a buscar el colgante argumentando que seguramente alguna de sus fulanas lo tendría. Tanto insistió que al emperador no le quedó otro remedio que ordenar registrar la estancia de las cortesanas. Como ella esperaba, la alhaja apareció debajo de la cama de Wu. La joven fue llamada por el emperador Wǔ Dīng para que explicara el asunto. Pero su joven amante no dijo nada, porque sabía que no tenía nada que hacer. El emperador ordenó su destierro a Mongolia. La misma noche en que iba a partir, suplicó al emperador verlo por última vez para despedirse. Wǔ Dīng accedió a la petición. La cortesana llevó consigo un potente somnífero, y los utensilios para hacer un tatuaje. Cuando tuvo oportunidad, introdujo el líquido transparente en el licor de uva del emperador. A los pocos minutos quedó profundamente dormido. Sabía que esa era su única oportunidad, y sin perder ni un instante comenzó a hacerle el tatuaje. A la mañana siguiente no había ni rastro de Wu y el emperador se despertó con las palabras “Amor Eterno” grabadas en su espalda.
- Bonita historia. – Manifesté yo.
- Sí, una historia de amor y de celos muy común.
- Ya, pero en mi caso no se trata de una cosa ni de la otra. No hay celos ni hay amor, sino un tatuaje.
- Habría que preguntarle a la chica ¿No crees? Es la única que te puede dar la respuesta a este enigma.
- Ya. Pero tendría que irme a Pekín. Sé que vive en esa ciudad. Pero no tengo ni idea por donde empezar.
- Por el principio, amigo, por el principio. Tienes unos cuantos datos de interés. El primero, que es actriz de un teatro ambulante. Segundo, que tiene los ojos pardos, nada comunes en china y tercero un amigo que conoce a un amigo.
- A ver, ¿A qué amigo te refieres?
- Se llama Lam Thong. Es director de uno de los más prestigiosos teatros chinos de títeres, pero también hace sus pinitos en el teatro y en el cine. Si alguien te puede ayudar a encontrar a esa chica es él. Yo ya me he adelantado a la jugada y le hablé ayer de tu historia y me ha dicho que te espera.
- Tu siempre tan previsor.
- Alex. Sabía que no podías estar sin resolver este asunto. Los amigos estamos para lo que estamos. ¿No crees?
- Claro que lo creo.
A la mañana siguiente estaba de camino al Aeropuerto Internacional de Hong-Kong con destino a Pekín, en busca de la maravillosa Liu.
Al llegar a Pekín, el director Lam Thong me recibió en persona siguiendo la ancestral cortesía china. El director era un hombre pequeño, cejijunto y de aspecto taciturno pero muy hablador. Dominaba perfectamente el inglés y el francés. Me hospedé en su humilde casa, que estaba a las afuera de Pekín. Mientras íbamos del aeropuerto hacia su casa, me comentó que ya había hecho una serie de averiguaciones sobre la chica en cuestión, siguiendo los datos y la descripción de nuestro amigo común y que tenía una pista bastante fiable.
- Hay muy pocas mujeres chinas con los ojos pardos, y además que sean actrices.
- Sí, es una característica poco común por lo que he podido observar.
- Aunque usted no lo crea, los chinos somos muy diferentes. Los occidentales creen erróneamente que todos hemos salido del mismo patrón.
- Los occidentales tendemos mucho a la simplificación y la generalización.
- Cuando lleguemos a mi casa, le expondré los detalles. Mi sobrino le llevará hacia el lugar en el que está la chica y podrá hablar con ella si lo desea.
- Gracias. Espero que sus averiguaciones sean acertadas. Necesito hablar con ella porque me tiene que dar una serie de explicaciones.
- Ya me ha contado algo nuestro común amigo y no deja de ser una historia para llevarla al teatro o al cine.
- Es una historia muy cinematográfica.
- Ya lo creo.
El día siguiente el viejo Lam tenía preparado un agradecido desayuno. Nos acompañó su sobrino que sería el que haría de guía para encontrar a Liu.
- Lo que sabemos de esta chica es que es la prometida de un miembro destacado del Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista Chino.
- Pero…
- Algunas familias chinas comprometen a sus hijas para el matrimonio desde muy pequeñas. Este es el caso de Liu. Cada vez menos se utiliza este forma de casarse, pero hay familias que siguen usando esta formula tradicional. Para los chinos el matrimonio es muy importante.
Me quedé sorprendido por lo que había escuchado. Mi amigo solo había contado una parte de la historia, la que estaba relacionada con el tatuaje pero no había dicho nada sobre la noche de pasión.
- Por lo visto – continúo el director- quieren celebrar la boda en día anterior a la entrada del año nuevo chino. El novio tiene muchas expectativas en esa boda que puede convertirse en el acontecimiento del año. El, es una figura ascendente dentro del aparato del partido, es joven y ambicioso. Dos cualidades muy importantes para llegar lejos en el Partido Comunista.
- Ahora entiendo menos lo que me ha ocurrido. No entiendo nada, nada.
- Seguramente la señorita Liu tampoco lo entiende. Pero tiene que seguir el juego si quiere vivir tranquila. No le queda otro remedio.
- Pero si no quiere casarse, pues que no lo haga.
- Es fácil decirlo, pero muy complicado llevarlo a la práctica. Ella está atrapada por dos fuerzas muy potentes en China; la tradición y el Partido.
- No es complicado.
- Usted no tiene ni idea de lo que está diciendo. Déjelo estar y no tendrá problemas. Si quiere hablar con ella, inténtelo. Seguro que lo hará, pero no vaya más allá porque ella no le acompañará.
Me mantuve en silencio mientras desayunaba al mismo tiempo que pensaba en todo lo que me había dicho.
Después salí acompañado del sobrino del director Lam. Recorrimos las calles de Pekín sorteando una infinidad de bicicletas que abarrotaban las calles. Le indiqué a mi acompañante que subiéramos al metro, pero me comentó que era de uso exclusivo para los empleados públicos. No salía de mi asombro. De tal manera que nos subimos a una maltrecha guagua a codazo limpio para dirigirnos al centro de la ciudad en busca del pequeño teatro en el que trabajaba Liu. Nos demoramos casi cuarenta y cinco minutos para llegar a nuestro destino. Al bajar del autocar caminamos algunas manzanas hasta estar delante de un pequeño edificio gris que estaba pidiendo a gritos una buena limpieza y una mano de pintura. El joven me dijo que sobre la una y media la chica saldría, que tenía que irse y que volvería a buscarme a las cuatro de la tarde en este mismo sitio. Para hacer tiempo, ya que por mi reloj eran las once y media, di un paseo por los alrededores. A la una ya estaba frente al teatro. Al poco de estar allí comenzaron a salir un grupo de personas. Yo me acerque lo más que pude. Algunos se quedaron observando, algo extrañados de ver a un pelirrojo extranjero esperando delante de su teatro. Al cabo de unos minutos la vi salir sonriendo y parloteando con sus amigas. Al verme se detuvo, me miró fijamente con sus preciosos ojos pardos y me sonrió. Les comentó algo a sus amigas y se dirigió hasta donde yo estaba.
- ¿Necesitas una explicación supongo?
- Supones bien. -Dije en tono de enfado- llevo un tatuaje en mi espalda y me gustaría saber porque me lo han hecho.
- Es una prueba de amor.
- ¡Una prueba de amor!
- Sí.
- ¿Te quieres explicar? Porque por mucho que le doy vueltas no lo entiendo.
- Demos un paseo. Mucha gente me conoce por aquí y no quiero problemas.
- De acuerdo paseemos.
- Cuándo nos conocimos aquel viernes no pensaba tener nada contigo, solo quería jugar un poco con un extranjero. Pero cuando nos besamos en aquel callejón oscuro, mi cuerpo se estremeció como jamás antes lo había hecho. Entonces lo supe y lo sé ahora. Eres mi hombre y yo soy tu mujer, pero con una terrible realidad, no podemos estar juntos.
- No te entiendo Liu.
- Piensa un poco Alexander. ¿Habías sentido alguna vez lo que sentiste aquella noche conmigo? ¿Alguna mujer te ha besado como yo? ¿Has dejado de pensar en mi algún día desde entonces? ¿Por qué estás aquí, por el tatuaje o porque querías verme?
- En verdad, no. Y tienes razón en todo lo que dices. Tenía muchas ganas de verte y he pensado en ti todos los días desde que nos vimos. Pero ¿Por qué ese tatuaje tan particular relacionado con una historia tan poco conocida?
- - Veo que ya conoces el origen del tatuaje. Pero la historia es tan sencilla como el amor, Alex. Conocí la leyenda de Wu Lin durante mis estudios de teatro, cuando asistí a una representación de una compañía de teatro con títeres. Me atrajo mucho esa historia de amor y de celos. Sobré todo la valentía de Wu para irse, dejándole una prueba de amor tan particular. Hasta el momento que te conocí, no le había dado tanta importancia a la leyenda de la concubina. Pero en cierta medida yo soy Wu Lin. La noche que nos encontramos, como ya te dije, supe que eras la persona con la que quería compartir mi vida, pero era del todo imposible porque ya estoy comprometida y antes de que acabe el año estaré casada con un hombre al que no quiero y con el que pasaré el resto de mi vida. Como le ocurrió a ella, me obligan a renunciar al amor. Te hice el tatuaje como prueba de mi amor, así de sencillo Alexander.
- No tenía ni idea de tus sentimientos hacia mí. Pensaba que solo fue una noche loca de amor y sexo y que lo del tatuaje había sido una broma pesada.
- Si pudiera parar el mundo y bajarme para irme contigo, lo haría, pero la realidad es la que es y es imposible cambiarla.
- Nada es imposible.
- Cuando vives en China si, Alex.
- Pero...
- Yo te recordaré toda la vida porque esa noche te entregué lo mejor de mí. Yo también me hice el mismo tatuaje. Es más, tú llevas mi sangre dentro de ti y yo llevo la tuya. El tatuador mezcló la tinta con nuestra sangre.
- ¿Por qué no te escapas y te vienes conmigo?
- No llegaríamos muy lejos. Yo estoy atrapada pero siempre me quedaras tú. Lo mejor es seguir con ese recuerdo de aquel increíble fin de semana. Ahora tienes que irte. ¿Ves aquel coche negro que está en la esquina? Es mi prometido que ha venido a buscarme. No me gustaría que te vieran conmigo, tendrías muchos problemas.
- ¿Algún día volveremos a vernos?
- Quien sabe. Pero una vez que me case será muy difícil salir de Pekin. Pero si alguna vez salgo, no dudes que te buscaré como una gata en celo.
- Yo estaré esperándote Liu.
- No, no me esperes. Adiós Alexander.
- Adiós Liu.
La vi como se alejaba para siempre, calle abajo, en busca de un futuro totalmente incierto. Durante todo el tiempo que estuve en Pekín, mantuve la esperanza de volver a ver a Liu. Pero nunca volví a saber de ella. Solo me quedó su recuerdo en forma de tatuaje. Ahora que miro a la muerte a los ojos, y ronda mi calle como una carroñera, recuerdo, como si fuera ayer, aquellos increíbles ojos pardos que me hicieron perder la cabeza por una noche.
3 comentarios:
Como ya te había hecho mas de un cometario sobre este relato, a lo largo de su maceración, tenía creído que lo había hecho público, y no fue así.
Este tiene una historia con algo de misterio, por querer saber el sigificado del tatuaje y miestras se desvela, la lectura se hace muy amena ya que está en un lenguaje sencillo y no por ello menos interante.
Sigue, sigue....
Un gran beso.
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